Las vidas detrás de las cifras

Diario de un año sin escuela


En Panamá, 453 mil niños y niñas viven en situación de pobreza multidimensional: el 33 por ciento del total. Eso significa que para llegar al centro de salud más cercano deben caminar varios kilómetros; que sus familias deben comer, vestirse y vivir con menos de 300 dólares por mes, que no logran el peso adecuado o niveles de lectura básicos para su edad. Son hijos de campesinos, trabajadores informales, madres solteras que, contra todo pronóstico y aunque las estadísticas no lo muestren, acuñan sueños. Aquí, tres historias detrás de las cifras.

Por Luis de Jesús Mendoza Franco

Jenifer se muda en pandemia

Por falta de Internet y para no perder el año escolar, Jenifer fue a vivir con su abuela.

Cuando en plena pandemia el gobierno avisó que las clases serían virtuales, Jenifer Córdoba lloró con la fuerza de un río bravo. En Río Congo, el pueblo de cerros, cayucos y naturaleza de ensueño de Darién en el que vive, no hay Internet. De quedarse allí, perdería el año.

—Fue algo muy triste —dice.

Jenifer Córdoba tiene 14 años, pero parece menos: bajita y tímida, cuando sonríe se le marcan unos hoyuelos en el rostro que le dan un aire de niña de cuentos. Es, además, de una prolijidad pasmosa: buenas notas, cuadernos impecables, representante de su provincia en el concurso de oratoria nacional. Le encanta la escuela, estudiar, sus muñecas. Estar sin cualquiera de esas cosas, le resulta una tortura.

—Para que pueda estudiar, mi mamá nos mandó con mi abuela.

La mamá de Jenifer se llama Dioselyn, tiene 37 años y es ama de casa. La familia la completan papá Manuel —agricultor—, la hermana mayor, de 17 años, y el hermano menor, de nueve. Entre la falta de Internet, las dos horas a caballo que tenía que hacer para buscar los módulos de la escuela y la falta de ingresos durante la pandemia, Dioselyn decidió recurrir a su madre y sus dos hijas dejaron la casa de madera con dos cuartos en la que vive la familia, para ir con los abuelos en Torti, a hora y media de su casa.

—Nuestros ingresos son diarios —cuenta Dioselyn— y mi esposo no pudo trabajar muchos días por la cuarentena. Fue doloroso separarnos, pero qué íbamos a hacer.

Jenifer y su hermana partieron a mediados de 2020 para poder recibir sus clases de forma virtual. Jenifer ama a su abuela por muchos motivos, sobre todo porque le regaló su primera y única muñeca.

—Lo que más me gusta es jugar con mi muñeca y crearle vestidos —dice Jenifer por videollamada desde Darién.

La muñeca fue con ella a lo de su abuela. No fue fácil, dice, estar lejos de mamá, su papá y su hermanito, pero pudo tomar las clases.

—Yo quiero convertirme en doctora, así que tengo que estudiar.

El sueño de Jenifer es ser pediatra. Ahora, lejos de su mamá, de su papá, del pueblo de naturaleza de ensueño, solo piensa en el diploma de bachiller que la acercará a eso.

Jenifer tiene 14 años, es una alumna aplicada y sueña con ser doctora.

El sueño de Eleazar

Eleazar Yaniel Martínez Dennis tiene 15 años, es enérgico, fornido y lanza pelotas como una máquina bien entrenada. A él, más que nada, le obsesiona el deporte.

Hasta que por la Covid-19 cerraron escuelas y clubes, entrenaba básquet todos los días en la cancha de la escuela pública de Colón, la provincia de economía robusta y casas maltrechas al borde del Canal de Panamá.

—Para los entrenamientos solo iba con el pasaje que me daba mi mamá —cuenta.

Eleazar vive con su mamá, Yanitzia Dennis, y cuatro hermanos. No sabe dónde está el padre: desapareció cuando él era chico. Yanitzia se las rebusca con la venta de frituras, arreglos de uñas y cabello, así que para mucho no alcanza pero sí para el pasaje de Eleazar. Yanitza dice que el sacrificio vale la pena: Eleazar ha participado y representado a su provincia, Colón, en basquetbol.

Durante la pandemia hubo menos básquetbol, menos dinero y casi nada de clases. En la casa de Elezar no hay computadora ni laptop, sólo el celular de la mamá, sin servicio de data fija.

—Sacaba del día a día para la tarjeta así mis hijos podían seguir las clases —dice Yanitza—. Pero había días en los que no teníamos, así que los niños tenían que ir a casa de un vecino para conectarse.

Yanitza sabe que lo importante es que sus hijos se gradúen de la secundaria, para que no tengan que andar camaroneando como ella. Es difícil con sus ingresos de miseria —en la pandemia no logró más de 100 dólares al mes, más el bono del gobierno para la comida. Eleazar lo sabe, lo ve, y, dice, por eso se esfuerza. Quiere terminar premedia, empezar bachiller y, después, dedicarse al deporte y representar al país en el mundo.

—Quiero recompensar a mi mamá por todo este esfuerzo que hace para darnos de comer a mí y a mis hermanos —dice Eleazar—. Mi sueño es sacar a mi familia de la pobreza y convertirme en un gran deportista.

Johann Yaus aprende a cocinar

A Johann le gustan pocas cosas —jugar con sus hermanos, la tecnología— y, entre ellas, la que más le gusta son los animales. Cuando no ayuda a la mamá o estudia, cuida a su tortuga, la única mascota que pueden tener en su casa diminuta, y mira documentales de animales.

Johann tiene 10 años, es alto y atento. Vive con su papá Antonio, su mamá Yohanis y dos hermanos de seis y cinco años en una casa de una planta con dos pequeños cuartos y una cocinita en La Chorrera, un distrito populoso cerca de la capital de Panamá.

—Yo quiero ser cocinero como mi papá —dice Johann.

Durante la pandemia, además de cuidar a su mascota, Johann aprendió recetas con su papá, un cocinero en distintos restaurantes al que el encierro por el Covid-19 lo dejó sin empleo y sin los 300 dólares mensuales, por lo que los abuelos maternos de Johann ayudaron con la alimentación.

Según la tercera encuesta de hogares realizada por Unicef, 3 de cada 4 hogares en Panamá reportó pérdida total o parcial de sus ingresos. La encuesta también mostró que, como Johann, 8 de cada 10 niños y niñas que se quedaron sin escuela, no tuvieron acceso a otros servicios de estimulación como centro de cuidado infantil o comunitario, ni siquiera de salud.

—Ya quiero que pase esto —dice Johann.
—¿Por qué te gustaría que pase?
—Para estar con mis amiguitos en la escuela.


* Esta historia fue realizada en el marco del taller Contar la Infancia, de Concolón en alianza con Unicef.