Una birrea de fútbol en la terraza de casa

Diario de un año sin escuela

Desde que el virus nos llevó al encierro, Renato se quedó sin las clases del colegio, los cumpleaños de 15 de las amigas, las salidas al cine con los amigos. De todo lo que extrañó horrores, lo que más fue el campito de fútbol. Aquí lo cuenta su papá.

Por Ariel Cartechini | Arte: André Jácome

Sábado 6 de febrero de 2021.

Otro fin de semana de encierro en la ciudad de Panamá, otra tarde sin práctica de fútbol y sin compartir momentos con sus amigos. Las torres vecinas dan sombra sobre el campo de juego improvisado en la terraza de 150 metros cuadrados del apartamento donde vivimos, uno de los pocos edificios de escasos pisos que resisten al crecimiento urbano en Paitilla. A esta hora corre la esperada brisa de verano después del intenso calor del día, un buen momento para hacer actividad física aprovechando los últimos rayos de sol o disfrutar del atardecer.

Renato es nuestro único hijo. Tiene catorce años y siempre le gustó jugar a la pelota. Nació en Argentina. Su madre es panameña y yo, su padre, argentino. Desde 2016 Panamá es la tierra que elegimos. Ese año comenzó su quinto grado en una escuela particular donde todo era nuevo para él: la casa, el colegio, los compañeros, las costumbres. Pero afortunadamente existe una actividad como el fútbol, que lo ayudó a integrarse rápidamente con chicos de su edad y, con el tiempo, a fortalecer el sentido de pertenencia. Apenas entró a la escuela, el profesor de educación física, que también estaba a cargo de fútbol, lo invitó a participar de las prácticas los martes y sábados. Renato aceptó con entusiasmo y fueron esos sábados por las tardes los momentos más esperados de cada semana. Cuatro años de entrenamiento y de hacer amigos. Hasta 2020.

El lunes 9 de marzo de 2020 en Panamá el gobierno reconoció oficialmente el primer caso de Covid-19 y el mundo de Renato, prácticas de fútbol incluidas, frenó. La terraza del apartamento donde vivimos se transformó en campo de entrenamiento. Un deporte grupal pasó a ser una actividad en absoluta soledad.

Renato hizo algunos intentos de seguir practicando en el equipo de la escuela con clases virtuales, pero no resultó: no le gustaba para nada. Extrañaba estar en la cancha jugando con sus amigos y participando en los distintos torneos en representación del colegio. Se quejaba por lo complicado de seguir los entrenamientos online con la pequeña pantalla del celular, sumado a la mala señal de wifi en la terraza, la intensa luminosidad y el intenso ruido que no dejaban ver a sus compañeros, al profe ni seguir sus instrucciones.

Enseguida, armó una rutina para practicar algunos días, especialmente los sábados. Se calzaba los colores de su equipo preferido, el Manchester City, las zapatillas y a rebotar la pelota en un muro de 3 metros de alto al que hace pases, corre, estira. No había equipo, tampoco tribuna alentando. Solo algunos gallinazos en el pararrayos del edificio siguieron la práctica.

Recuerdo la cara de sorpresa de Renato al escuchar por la tele la noticia de suspensión de clases y otras actividades en la ciudad capital, el 11 de marzo. Dijeron que sería hasta el 7 de abril. Más de un año después, en pleno proceso de vacunación y esperando que llegue el turno para los jóvenes de su edad, seguimos sin tener en claro cómo continuará esta ficción.

Por la Covid nuestras rutinas comenzaron a cambiar junto al modo de relacionarnos con otras personas. Renato no es la excepción.

Nuestro hijo es sociable, pero pasó el 2020 encerrado en el apartamento. Protegido pero desconectado físicamente de sus pares y entornos cotidianos. Extrañando. A los amigos, los recreos en la escuela donde jugaba cartas o futbolín, las salidas al cine, ir a comer alguna hamburguesa. Igual, no quería salir. La frase “quédate en casa” hincó hondo como el miedo.

En pandemia nuestro hijo batió récord de puntualidad en la escuela: llegaba temprano, iba solo. Sin los apuros de antes, cuando había que madrugar para llegar a las 7 de la mañana con los tupper listos del almuerzo. Nunca extrañó eso, ni cargar la mochila. Tampoco el uniforme. Ahora, al contrario de entonces, usa el cabello largo y chancletas. Siguió tan activo como siempre en las clases, pero extrañó ver a sus amigos. Por las tardes, luego de algunas tareas, corría a la terraza.

La terraza: otra novedad pandémica, ya que antes iba al parque o a otras canchas, y casi nunca subía.

Con sus amigos se relacionó poco. De los cumpleaños de 15 de sus compañeras se entera por los estados de WhatsApp. Globos, arreglos y comida, pero sin invitados. Un festejo que solo se muestra.

La mayor parte del tiempo pandémico Renato estuvo refugiado en su habitación rodeado por las pantallas de la computadora, el celular y la tele. Casi nunca solo. En tiempos de Covid, los espacios de la casa cambiaron y la privacidad de su cuarto fue vulnerada: es el espacio mejor acondicionado y elegido como aula virtual, sala de reunión, lugar de teletrabajo, cine, gimnasio con instructores globales vía zoom, iglesia, taller de arte o lugar de capacitaciones. Tenemos la suerte de estar entre el 51 por ciento de los hogares en Panamá con acceso a internet, pero todos los espacios son de todos.

El hecho de que todos estuviéramos en casa —Renato, su madre y yo— hizo que la intimidad se acotara. Así que hubo que hacer negociaciones. Renato plantó bandera en su habitación durante las horas de clases: teníamos denegada la entrada a su cuarto. Eso se pudo cumplir hasta que mi esposa comenzó con el teletrabajo tres días a la semana y se convirtieron en compañeros de banco. Compartieron el escritorio, algunos útiles, un cafecito a media mañana.

Tuvimos otros tiempos para compartir en familia y nuevas prácticas, antes impensadas. Preparamos el desayuno con Renato, lo comemos los tres sentados tranquilamente en la mesa. Cuando hay ganas, amasamos el pan que a él le gusta comer con dulce de leche o queso derretido. Después leemos algunos salmos. De tanto repetirlos, los sabe de memoria como los diálogos de las películas de ciencia ficción que le gustan y vio mil veces. Tiene facilidad para memorizar.

Ahora, un año y medio después de aquel 9 de marzo, ya está algo cansado de tanto encierro. Cuenta los días que faltan para el inicio de las clases presenciales. Mientras tanto, como de costumbre, antes de entrar al aula virtual a las 9 nos saluda y nos pregunta burlonamente: ¿A dónde van hoy?

* Esta historia fue realizada en el marco del taller Contar la Infancia, de Concolón en alianza con Unicef.