Siete horas frente a una pantalla

Diario de un año sin escuela


Carmen pasó el confinamiento con el celular siempre cerca, siempre conectada. Sin clases, con la prohibición de actividades al aire libre y restricciones de todo tipo, la pandemia desencadenó una epidemia silenciosa entre niños, niñas y adolescentes: el miedo a separarse del móvil.

Por Sharon Pringle Félix | Arte: Patricia Ochy

Es la quinta vez que Carmen bosteza en los últimos diez minutos sin despegar la vista de su teléfono celular. Sentada en el sofá de su casa en La Chorrera, debajo de la brisa que se desprende del ventilador, con unos los rulos color café cayendo sobre su frente y el parpadeo nervioso de sus enormes ojos miel, parece no escuchar a su madre cuando dice que suspenda la conexión por tercera vez.

—Carmen, suspende ese celular ya.
—...
—Carmen por favor, ¡atiende! —insiste la madre.
—Estoy aburrida de estar encerrada —dice Carmen, la voz cargada de hastío o enojo—. Esto es lo único que me queda para divertirme y me lo quieres quitar.

Son las nueve de la mañana de un miércoles de enero de 2021 y en Panamá rige una de las cuarentenas más estrictas del continente por la pandemia del Covid-19: salidas por días y por sexos, con horarios acotados y sólo para comprar alimentos, medicinas; lo básico.

Carmen —11 años, sexto grado— está en pijama, levanta la vista del celular y cuenta que el día anterior recién lo soltó después de la medianoche, tras siete horas atrapada con cuestiones como un baile nuevo en Tik Tok que ahora trata de imitar. Algo usual: la mayoría de los días de estos días de confinamiento los pasa así, con el celular o la laptop, hablando con amigas, haciendo tareas de la escuela, mirando series turcas en YouTube o imitando algún baile de Tik Tok. Salta de una aplicación a otra con la facilidad de un parpadeo y sólo interrumpe ese ejercicio para cocinar, barrer o caminar un poco alrededor de la casa.

Lo de Carmen no es capricho. En el encierro las herramientas y plataformas digitales se transformaron en el único cable hacia el mundo: una mano amiga en medio del tsunami. Para las personas de su generación, además, son parte de su entorno natural. Pero esa relación simbiótica es, también, un riesgo que tiene nombre de trastorno de ansiedad: nomofobia, el miedo irracional a no tener el teléfono encima.

Carmen no logra despegarse más de una hora de una pantalla y otras personas —más grandes, más chicas— tampoco: miramos el celular cientos de veces al día, acumulando en promedio más de tres horas cada día, con pena de dejar un mensaje de WhatsApp sin contestar o una historia de Instagram sin mirar, chequeando los “me gusta” a nuestras publicaciones.

Los niños y adolescentes menores de 18 años representan uno de cada tres usuarios de internet en el mundo, según el informe 'Estado Mundial de la Infancia 2017: Niños en un mundo digital', que publicó Unicef. Sin embargo, en Panamá no existen datos de cuánto tiempo pasan las niñas, niños y adolescentes frente a una pantalla.

Lo que sí sabemos es que aquí hay más celulares que personas: 5,4 millones de líneas móviles y una población de 4,2 millones, según el Espectro de la Unión Internacional de Telecomunicaciones (UIT) en América Latina. El 70 por ciento de esa población tiene conexión a Internet, según el estudio Perspectivas Digitales elaborado por Google. O sea: Panamá es un país de alta conectividad.

Organizaciones del mundo avisaron que la tendencia es firme y se agiganta en pandemia. La asociación española Protégeles habló de una “epidemia silenciosa”: el 21 por ciento de los jóvenes corren riesgo de desarrollar adicción al móvil y pasan más tiempo con él que en la escuela.

La mamá de Carmen, Mercedes —30 años, asistente administrativa en un bufete de abogados—, cada vez que la ve a ella o a su hermano menor atascados en los celulares o los videojuegos hace lo mismo: pedirles que suelten los dispositivos, sugerirles planes divertidos para intentar alejarlos por unas horas. No es tan sencillo.

—A veces me siento que abuso porque me quedo tantas horas ahí —dice Carmen—. Mi mamá me llama la atención, me dice que vaya a tomar aire, pero me cuesta porque no tengo con quién hablar y, si quiero hablar con mis amigas, pues uso el celular.

El hermano menor de Carmen se llama Ernesto y ella dice que vive algo parecido.

—Mi hermanito se pega mucho el celular, tanto que ya usa lentes —dice Carmen—. Es tanta la desesperación que cuando se le acaba la batería, pone internet en el televisor y sigue jugando.

La adicción es algo que hace perder el control, explica la doctora en neuropsicología Emelyn Sánchez: “No se tiene control sobre lo que se está haciendo y hay una recurrente necesidad por lo que produce la adicción. No todas las sustancias tienen el mismo poder adictivo, se convierte en adicción cuando interfiere en tu vida profesional, académica o social, en el caso de los estudiantes”.

—Yo una vez me quedé despierta hasta las cinco de la mañana hablando con mis amigas.

Carmen usó por primera vez un dispositivo a los cinco años. A los ocho, le regalaron un Wii para jugar y, un año después, una laptop. Lleva cuatro años usando el celular: casi la mitad de su vida.

“A veces me siento que abuso. Mi mamá me llama la atención, pero me cuesta porque no tengo con quién hablar y, si quiero hablar con mis amigas, pues uso el celular”.Carmen, 11 años

Estadísticas internacionales señalan que la nomofobia puede ser más frecuente en jóvenes, por la dependencia que generan los celulares. En la pandemia, bloqueadas las posibilidades de conectar con sus amigos en persona, en la escuela o en los clubes, el riesgo se acrecentó.

Eso supone, además de un reto para los padres y madres, un desafío para los docentes. La profesora de geografía Dania Batista dice que en los cursos presenciales se torna estresante: “Siempre había algunos alumnos que no podían dejar de usar el celular. Entonces como docente tienes dos opciones: o lo rechazas y luchas o te la ingenias para integrar a clases esta nueva herramienta. Cada vez sacan más aplicaciones que se les hacen atractivas a los jóvenes, creando más adicción.”

En algunos países, la discusión de si celular en las aulas sí o no lleva tiempo e incluso hay quienes han implementado medidas de prohibición. Los argumentos a favor y en contra están en línea con lo que describe Batista: quienes piden sacar los móviles de los colegios argumentan que distraen y generan conflicto; quienes se oponen a la prohibición, que la tecnología puede usarse con fines educativos. Como sea, para Batista incide en el desarrollo porque pone un freno a la interacción personal, además de crear una idea deformada de la realidad: la verdad emana de la pantalla.

En Panamá hay más celulares que personas: 5,4 millones para una población de 4,2 millones. El 70 por ciento tiene conexión a Internet.

El tiempo avanza en la casa de Carmen. Son las 11 de la mañana y ella sigue en la sala de la casa —un rectángulo tenue comandado por la televisión— con su pijama rosa con la cara de Barbie estampada en el frente. Ahora habla en voz baja, susurra que en diversas ocasiones y por estar jugando, su hermano ha dejado pasar la hora de la comida. Y que todas las amistades escolares de ambos usan dispositivos por largas horas, entre otras cosas, para comunicarse.

Antes de la irrupción de la Covid-19 en Panamá, Carmen iba a la escuela, jugaba al fútbol, leía cuentos ilustrados y novelas cortas. Ahora mira Tik Tok más de lo que antes corría, tiene un tic de ojos y repite todo el tiempo que se aburre. Hasta que retorne la tan aclamada normalidad, la tecnología parece ser la única manera de estar en contacto con sus pares.

Carmen es una nativa digital: domina todas las tecnologías, sube fotos, se comunica por plataformas digitales y comparte sus experiencias en redes. Como otros de su generación, prefiere Internet a la televisión y empuja el cambio de comportamiento hacia una sociedad cada vez más digital que en pandemia fue casi completamente digitalizada. ¿Cómo evitar el uso excesivo del principal medio de interacción, formación y diversión que tienen?

La psiquiatra Juana Herrera recomienda evitar colocar a los hijos desde pequeños frente a televisores, computadoras, celulares o cualquier tipo de pantalla que genere estímulos que con el tiempo se puedan convertir en comportamientos adictivos. ¿Cómo lograrlo? Herrara recomienda regular los horarios de utilización desde el momento en que se incorpora una pantalla en la vida de los niños y evitarlas a toda costa a la hora de acostarse: el sueño es una actividad fundamental para poder mantener la salud física y mental.

“Hay que explicarles las ventajas de usarlos, pero también los riesgos y peligros que existen”, dice Herrera.

Para una madre como Mercedes, una de las 358 mil mujeres que sostienen sus casas solas, es complicado seguir las recomendaciones: son jefas de hogar y hacen malabares entre la casa, el trabajo, los hijos. Mercedes, por ejemplo, pasa mucho tiempo en el trabajo y, cuando llega a casa, intenta controlar la situación: ideó imponer la disciplina de que no se utilicen dispositivos en casa pasadas las nueve de la noche.

A 13,569 kilómetros de su casa, en Japón, la preocupación por este fenómeno llevó al director del Centro de Medicina y Tratamiento de Adicciones de Kurihama, Susumu Higuchi a idear un programa para tratar la adicción a Internet. La propuesta incluye llevar a los jóvenes a un campamento donde mediante la práctica de actividades al aire libre y compañía de tres psicólogos, se realiza una terapia de grupo cognitiva-conductual que les permite experimentar el mundo real, el trabajo en grupo y el contacto con la naturaleza. Higuchi está convencido de que los videojuegos en línea son peligrosos para la salud mental: “En cierto modo, la adicción a los videojuegos es más difícil de tratar que la adicción al alcohol o a las drogas, porque internet está en todas partes”.

No es el único riesgo. En Panamá, el segundo país de Centroamérica con más penetración de Internet, Carmen y otros 1,4 millones de niños, niñas y adolescentes se exponen a la sextorsión, ciberbullying/ciberacoso, explotación sexual en línea, exposición a contenidos nocivos y a la publicación de información privada, según un informe de la Organización de los Estados Americano (OEA).

A Mercedes no le han funcionado los intentos de acudir a una consulta con un especialista en psicología durante la pandemia: el acceso es casi imposible en el centro de salud local, donde hasta el 2018 había dos psicólogos para cubrir toda el área de Panamá Oeste, con más de 400 mil habitantes. En la Caja de Seguro Social también le resulta imposible: es para personas que pagan cuotas laborales y Mercedes es una trabajadora contratada por servicios profesionales. ¿Un profesional privado? Imposible pagarlos para una madre soltera.

¿Cuántas niñas, como Carmen, están en esta situación? ¿Cuántos como Ernesto no logran soltar los videojuegos? No se sabe. Para este reportaje se consultó a más de diez organizaciones o instituciones especializadas en el uso de la tecnología y no se tuvieron hallazgos de estudios al respecto: la relación de la niñez con la tecnología aquí es un campo desconocido.

Especialistas como Emelyn Sánchez deducen que los valores son parecidos a los de Estados Unidos, donde el 88,5 por ciento de las personas son usuarias de Internet y el 40 por ciento de los jóvenes utilizan las redes sociales en el baño, según datos de la organización Mental Health America.

“Panamá tiene alto acceso a tecnología y una propensión a las adicciones”, dice Sánchez. Aunque no abundan los estudios al respecto, las consultas médicas son cada vez más frecuentes. Además, hay pocas alternativas de vida al aire libre y entretenimiento que no esté vinculado al consumo: “¿Cómo se previene esa adicción en un niño o niña, si no hay parques suficientes, no hay tantas ligas de béisbol o fútbol?”, pregunta Sánchez.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) recomienda la actividad física para niños y niñas menores de cinco años, que no sean expuestos a las pantallas y que aquellos entre dos a cuatro, no pasen más de una hora diaria frente a ellas.

Desde hace diez años, el Centro de Estudio y Tratamiento en Adicciones del Instituto de Salud Mental, realiza terapias ambulatorias en el tratamiento de la adicción al Internet, la pornografía, los videojuegos y los juegos de azar que generan una serie de alteraciones en la vida laboral, escolar, familiar y social. Atienden alteraciones en los patrones de socialización de jóvenes y adolescentes, quienes crean conductas de aislamiento, soledad, disminución de rendimientos en sus resultados escolares, sociales y familiares y pueden llegar a la irritación y agresividad, cuando se ven obligados a restringir el uso de dispositivos.

“Panamá tiene alto acceso a tecnología, propensión a las adicciones y pocas alternativas de vida al aire libre y entretenimiento que no estén vinculadas al consumo”. Emily Sánchez, doctora en neuropsicología

La mañana siguió su curso en La Chorrera. Afuera el sol es de incendio y la humedad espanta. Ernesto aleja la mirada de la televisión y se pone de pie, simula con sus dedos pulgar e índice que le dispara a su hermana. Ella ríe y dice “qué locura”.

Sentada en el sofá, Carmen mira por la ventana, hacia algún lugar que no se ve. Suspira y dice, como quien pide un deseo que nunca se cumplirá, que ojalá esto pase pronto y ella pueda volver a sus prácticas de fútbol, a los planes con sus amigas, a la escuela.

—Antes de la pandemia el celular no era el centro de nuestros amigos —dice—. Aunque había varios niños que no paraban de jugar Free Fire, yo no le veía sentido. Es curioso, ahora me la paso jugando ese juego.

Carmen toma el celular, toca la pantalla y comienza a jugar Free Fire.

* Esta historia fue realizada en el marco del taller Contar la Infancia, de Concolón en alianza con Unicef.