La escuelita de Ivana

Diario de un año sin escuela


En Panamá, el gobierno cerró las escuelas en marzo de 2020 y recién las abrió, de manera virtual, cuatro meses después. Sin acceso a Internet, en lugares como Darién y la comarca Ngäbe-Buglé conectarse fue una hazaña imposible. Ivana decidió hacer algo.

Por José González Pinilla

Pocos días después de que las autoridades ordenaron el cierre de escuelas a causa de la Covid-19, a Ivana Rivera se le ocurrió una idea: armar un salón de clases en el portal de su casa.

En el pueblo de Darién en el que vive —San Antonio, a orillas del río Sabana y a 200 kilómetros de la capital de Panamá—, casi nadie tiene computadora o laptop. Mucho menos Internet: llega poco y, cuando llega, llega mal y cara para la mayoría de los vecinos de una región donde el 44 por ciento es pobre.

“La señal para Darién es muy, muy mala”, dice Ivana.

Ivana, una darienita enérgica de 42 años y piel canela, es trabajadora manual de la escuela del pueblo desde hace seis años y ha cuidado a los niños muchas veces durante las horas de clases. Por aquellos días en que un virus desconocido replegó a la gente en sus hogares, vio cómo niños y sus madres hacían malabares como trepar a la rama más alta de un árbol o escalar un cerro para agarrar conexión. Aún hoy, en el momento en que lo consiguen se quedan petrificados porque puede desconectarse con la facilidad con que las reses pastan en los patios de las casas.

Así que cuando el 11 de marzo de 2020 el gobierno cerró las aulas en todo el país por el coronavirus, el panorama era desolador: los niños perderían el año. Había que hacer algo.

Las opciones eran dejar abierta la escuela del pueblo o usar otros espacios, públicos y al aire libre, para que las maestras se encontraran con alumnos. En este rincón de unos siete mil habitantes donde el virus llegó un mes después que a la capital y alcanzó a un poco más de dos mil personas, era más lógico eso que dejar a los niños solos. Pero no hubo caso, el cierre era para todos: ciudades grandes o pueblos perdidos.

Entonces Ivana montó un aula en su casa.

El gobierno de Panamá cerró las escuelas el 11 de marzo de 2020. Cuatro meses después, abrió las aulas virtuales. Aún hoy, tras un año y medio, no retoman la presencialidad.

Un día de marzo de 2020 muy temprano, en la mañana, Ivana pasó casa por casa, avisó a niños y niñas que no perderían el año ni quedarían sin ver a sus amigos, que sí habría clases. Instaló un televisor en su portal, acomodó varias sillas y montó un salón de clases. El espacio era pequeño pero alcanzaría para diez, de primaria.

Y entonces en el rincón de casas bajas, vida lenta y naturaleza extrema que es San Antonio de Santa Fe, hubo escuela: la escuelita de Ivana.

La escuelita de Ivana es una casita de techo y cemento, rodeada de arbustos y plantas que ella misma sembró, a la que comenzaron a llegar niños que residen en otras de madera y palma.

“Cuando empezó el cierre me dije: yo sé cuales niños van a estar pasando trabajo, porque hay muchos padres que ni siquiera saben leer y escribir”, cuenta Ivana.

La escuelita de Ivana abría todos los días a las 11 y cerraba a las 2, con un receso para el almuerzo. Tuvo algunas amenazas: en plena temporada de lluvia, la señal de televisión se caía, así que puso la radio. Mientras en la capital las autoridades definían el futuro del año escolar, en la escuelita de Ivana las clases avanzaban contra viento y virus.

Caídos del sistema: 47 mil alumnos se quedaron afuera de la educación en Panamá. | Foto: Ivana Rivera.

“Yo apuntaba rápidamente lo que dictaban los profesores”, cuenta Alejandro Jaramillo, el hijo menor de Ivana que en ocasiones perdía el hilo de las clases por radio y debía apoyarse en sus libros. “Me ponía a leer con calma para poder entender”, dice. No era el único.

Los niños, de distintos niveles, no lograban completar todas las materias ya que el Ministerio de Educación (Meduca) estableció que las clases serían, como todo, esenciales: solo español y matemáticas. Eso para quienes llegaban. A otros se les hacía imposible recorrer cada día los kilómetros que les separaban de la escuelita de Ivana con lluvia, fango y ánimo.

La historia de Ivana no es la única en el interior profundo de Panamá. En 2021, por segundo año consecutivo, el país del Canal no logra conectar a miles de niños de zonas alejadas de la capital, donde la radio es la única opción para comunicarse.

“Yo apuntaba rápidamente lo que dictaban los profesores, pero a veces no llegaba a apuntar todo”.Alejandro Jaramillo, alumno en la escuelita de Ivana

Desde ese 11 de marzo de marzo de 2020 unos 900 mil estudiantes de escuelas oficiales y particulares se quedaron sin asistir a clases hasta julio, cuando el Meduca dictaminó las clases virtuales. A partir de allí, 350 mil comenzaron a seguirlas por Internet y 47 mil se quedaron afuera: caídos del sistema, según el Meduca. A 500 mil no le fue posible lo virtual: tuvieron que aprender por radio, televisión o través de módulos educativos.

Una encuesta telefónica de hogares de Unicef, mostró que a inicios de la pandemia sólo 5 de cada 10 alumnos se conectaron a algún dispositivo.

900 mil niños y adolescentes perdieron las clases entre marzo y julio de 2020. A partir de allí, 47 mil quedaron afuera: caídos del sistema. Para 500 mil fue imposible seguirlas en línea: lo hicieron por radio, TV o módulos educativos.

Velkis Bejarano, de 10 años, vive en Paso Ancho, Besikó, una comunidad de la comarca Ngäbe-Buglé rodeada por montañas, a unos 400 kilómetros de la escuelita de Ivana. Besikó es una comunidad con los peores índices de pobreza: 27 mil de los 30 mil habitantes son pobres. Para que Velkis continuara con las clases de quinto grado, su madre Faustina compró una radio.

Acostumbrados a vivir sin energía eléctrica y a una galaxia de una conexión a Internet, la tarea fue complicada. “Las clases eran divertidas, pero se dictaban muy rápido”, cuenta Velkis.

Faustina, que no pasó de sexto grado, la apoyó en lo que pudo. Fue agotador. Además de los otros dos hijos y el trabajo en la casa —cocinar, lavar, limpiar—, tenía que ir al campo para ocuparse de la siembra de arroz, de frijoles, de maíz. Antes de que empezaran las lecciones, a las 11 de la mañana, sus hijos la acompañaban a trabajar al huerto.

Con la escuela hubo otro problema: “Esas radios es que consumen mucha batería y tenía que ir a la tienda más cerca, que queda a 20 minutos caminando —cuenta Faustina—. Además, le digo la verdad, la señal por la radio tampoco era muy buena”. Aún así, siguieron escuchándola.

“Esas radios es que consumen mucha batería y tenía que ir a la tienda más cerca, que queda a 20 minutos caminando. Además, le digo la verdad, la señal por la radio tampoco era muy buena”. Faustina Bejarano, comarca Ngäbe-Buglé

Las clases que se transmiten por radio quedan grabadas en Youtube. En uno de esos videos se escucha la voz de la maestra Veira Rodríguez: “Señor sapo ¿Sabe que sé contar? ¡Uno, dos y tres!”, canta la docente acompañada de una guitarra. Es la introducción de sus clases para los niños de primer grado. Luego avanza con fórmulas matemáticas más complejas para estudiantes de tercer y quinto grado. Todo en menos de cuarenta minutos.

Veira, con 28 años de experiencia, reemplazó el aula de clases por una cabina de la radio estatal, con sede central en la capital. Desde allí transmiten para todo el país. “Cuando inicié, pensé ‘¿cómo hago para atraer a mis niños, para generar confianza pues no estoy frente a ellos?', ese fue mi primer reto”, dice.


El segundo reto fue comprimir sus clases. Además, hubo momentos en que se vestía de payasita porque las asignaturas también se transmitían a la vez por Internet y redes sociales.

Ahora está en un cabina de Radio Nacional FM, acompañada de su colega María Luz Vargas. Luz también resumió sus clases de matemáticas: “Estar en la radio me permitió enfrentar este modelo de enseñanza y hacer un cambio de mi experiencia metodológica. Yo la llamo matemática fácil, creativa y divertida, porque siempre soñé con quitarle esa imagen de aburrida a las matemáticas”, cuenta Luz, quien forma parte de la plantilla de 105 maestros que se reparten la tarea de dictar clases por radio y televisión.

“Estar en la radio me permitió enfrentar este modelo de enseñanza y hacer un cambio de mi experiencia metodológica. Yo la llamo matemática fácil, creativa y divertida”. María Luz Vargas, maestra

Para los alumnos de la escuelita de Ivana, no fue sencillo: a los niños les costaba seguir las lecciones por radio.

Justo cuando el Meduca oficializó las clases a distancia, a partir de julio del 2020, el Ministerio de Salud endureció las medidas de bioseguridad para intentar frenar una ola de Covid-19: cercos sanitarios, uso de mascarillas y días de salidas por sexo. A raíz de ello, la escuelita de Ivana fue quedando vacía y a su anfitriona se le amontonaron las preocupaciones. ¿Qué harían los niños? ¿Podrían continuar desde sus casas?

Entre ese miedo y la amenaza del virus, en julio decidió cerrar la escuelita: “Fue para evitar eso de los contagios”, dice.

Los niños dicen que a partir de ahí no aprendieron nada.

¿Cuántos estudiantes recibieron clases por radio en Darién? Desde el Meduca, Antonio Pedroza, funcionario a cargo del programa Conéctate con la Estrella Radio, no se atrevió a dar una cifra. “Para ser conservadores —dijo—, unos 200 mil estudiantes en todo el país se beneficiaron con eso a lo largo de 2020”.

¿Aprendieron algo por esta vía? Pedroza no tiene datos: “Esas evaluaciones las hacen los maestros”.

Velkis, en la comarca, y Alejandro, en Darién, aún toman clases así, cuando logran radio y señal. Cuando se les pregunta, dicen lo mismo que antes: no logran seguir el ritmo.

* Esta historia fue realizada en el marco del taller Contar la Infancia, de Concolón en alianza con Unicef.