La infancia no cuenta

En Panamá, durante la pandemia los niños, las niñas y adolescentes fueron los últimos: nada de escuelas, nada de parques, nada de amigos y atrás en la fila para vacunarse. El Estado no los registra: no hay estadísticas ni estudios sobre infancia. Ahora no hay ni toque de queda, pero las aulas siguen vacías. ¿Qué pasó con ellos durante el encierro?

Un niño que sueña con jugar en ligas profesionales no puede entrenar básquet porque la cancha pública de Colón está cerrada. Muy cerca de allí, a orillas del Canal, una niña llora cuando cierran las escuelas porque, sin luz ni Internet en su casa, perderá el año. Otros separados de sus abuelos por un cristal, las manos pegadas a un lado y otro de una ventana. Funerales por Zoom. Uno más, de diez años, le dice a su mamá al principio del encierro: “Tengo miedo de que el virus se me pegue y vaya a morir por esa enfermedad”.

El tiempo en general vuela, pero el del Covid pareció haber pesado. Al principio de la pandemia todo parecía oportunidad: vacaciones obligadas para hacer esas cosas que usualmente no como hornear pan, leer libros, pintar. Cuando pasaron los primeros meses y quedó claro que el periodo raro duraría mucho más, la cosa cambió. Y a nadie le pesó más que a los más chicos.

En la pandemia panameña las niñas, los niños y jóvenes fueron los últimos: nada de escuela, nada de amigos, nada de deporte, mucho menos pintas, y a formarse atrás en la fila para vacunarse.

La buena noticia inicial —a los pequeños y jóvenes el virus no les afecta— empezó a desdibujarse con el surgir de una marcha vigilante. De golpe se convirtieron en quienes contagiaban a sus abuelos, en los irresponsables que organizaban fiestas clandestinas, en los caprichosos que querían salir a jugar, en los desobedientes que incumplían todas las restricciones. No sólo se volvieron los malos de la película, sino que la única participación que se les dio en el asunto fue la obligación de callarse y detenerse.

Los jóvenes de Curundú fueron trending topic con etiquetas como mal portados, parásitos o violentos, mientras la policía los asoleaba y, en el corazón del barrio, 20 de ellos salvaban a sus vecinos del hambre y el hartazgo con ollas populares, talleres de arte y juegos.

¿Cómo les informamos del virus y su encerrona? ¿Alguien les preguntó si comprendían lo que pasaba? ¿Cómo se sentían? ¿Qué perdieron? ¿Suspendieron los mejores años de su vida y sus sueños? Si googleas “sueños” “niñez” “panamá” verás en los resultados notas sobre las pesadillas, pesadillas, pesadillas, y una publicidad de un mall. Bastante scroll después, alguna edulcorada como los niños y ancianos que sueñan con una navidad en familia. Sobre el dilema de los padres en pandemia hay cientos.

¿Y qué pasó con niños, niñas y adolescentes en el encierro? ¿Comieron menos que antes? ¿Tuvieron que salir a camaronear porque la madre no daba a basto? ¿Recibieron los de primera infancia los nutrientes que necesitan? Tampoco sabemos: no hay datos. El Estado ni mira ni cuenta a la niñez y a la adolescencia: no reúne estadísticas sociales, algo imprescindible para planificar políticas públicas.

Sin clubes y sin escuela, ¿qué hicieron? ¿estuvieron pegados cientos de horas a una pantalla? Para este especial, la periodista Sharon Pringle Félix consultó a más de diez organizaciones o instituciones especializadas en tecnología: tampoco se sabe.

De todas las escenas vistas, tal vez la más conmovedora por las consecuencias a largo plazo sea la de las aulas vacías. La covid dejó a la educación en Panamá con las secuelas de un paciente crónico.

Aquí sucedió uno de los cierres de escuelas más largos del mundo: 18 meses. Expertos dicen que las consecuencias son alarmantes, como la deserción escolar. Hasta noviembre pasado el Ministerio de Educación no había podido ubicar a más de 46 mil alumnos. En los hogares están preocupados por el impacto que esto puede tener en la salud mental de los niños, según una de las encuestas de Unicef. Los estudiantes de las comarcas dijeron tener que “aprender solos” porque no tenían Internet. Dijeron, además, que no están aprendiendo tanto desde casa. Ahora no hay ni toque de queda, pero las aulas siguen bajo llave.

Los alertas no parecen hacerse oír: sólo 300 mil de los 921 mil estudiantes regresaron a las aulas en 2021. Es decir, el 33 por ciento.

Esto afecta por partida doble a niños, niñas y jóvenes, más aún a aquellos con discapacidades. También a sus madres. En todo el país, son las mujeres quienes asumen las responsabilidades de cuidado y de la enseñanza. Las más empobrecidas, muchas jefas de hogar, fueron acorraladas entre las responsabilidades de cuidado y la imposibilidad de camaronear para pagar algo imprescindible para garantizar la escuela como Internet. Una misión imposible de la que ningún área del Gobierno se ocupó.

Ni siquiera en los pueblos sin casos se garantizó la continuidad. Aulas cerradas en la capital con casi 200 mil casos y en un pueblito de Darién, con 2 mil.

En el medio, el horror de los abusos a niñas, niñas y jóvenes en los albergues, de los migrantes varados en Darién, de los hijos separados de sus padres por la cancelación de vuelos. Muchos niños pobres cada vez más pobres. Pero cuando no es por los escándalos, la infancia y la adolescencia desaparecen de todas las agendas: no cuenta.

* Este especial fue realizado en el marco del taller Contar la Infancia, de Concolón en alianza con Unicef.