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La pandemia arrasó con 900 empresas que cerraron o terminaron al borde de la bancarrota. Los bares y restaurantes fueron uno de los sectores más afectados por las medidas dispuestas para contener la Covid-19. Perfil de un dirigente gastronómico en medio de la debacle del sector a raíz del coronavirus

La vida es celebración. A nadie pareció importarle aquel viernes 21 de febrero de 2020, primer día del carnaval, que el mundo estaba sorprendido porque se habían reportado 76,740 casos de una extraña enfermedad causada por un virus en China. Sin embargo en Panamá no había contagios y la fiesta se llevó adelante de todas formas. El carnaval fue un éxito rotundo, como todos los años.

Ese carnaval, Mario Luis González de la Cruz terminó agotado. Ha sido dueño de restaurantes, bares y discotecas por más de 20 años y, cada año, esos días de febrero tiene una cantidad de trabajo infernal, que lo deja agotado y feliz. En 2020, la risa se convirtió en mueca. A medida que las noticias de China sobre el alcance mortal que tenía ese virus extraño un rompehuesos chino nos helaba la sangre.

El 10 de marzo y en cadena nacional, la Ministra de Salud, Rosario Turner, confirmaba la primera muerte por Covid-19 en el Istmo, cuando un maestro de escuela secundaria con un complicado historial médico perdía la batalla. Todo cambia cuando la muerte toca la puerta. Y todo cambió: para el 13 de marzo, Panamá declaraba un estado de emergencia nacional que imponía restricciones de movilización así como el cierre total de la actividad comercial, incluyendo hoteles, casinos y restaurantes. A partir de ese día, la vida de Mario Luis Gónzalez cambió dramáticamente. La suya y la de todos los integrantes de la Asociación de Restaurantes, Bares y Discotecas de Panamá (ARBYD), que Mario preside.

El 11 de marzo Mario Luis me llamó: “Carlitos, hermano, ¿cómo vas? Te habla Mario Luis, ¿tienes un minuto?”. Mario Luis y yo fuimos compañeros de escuela en el Colegio La Salle y, francamente, no recuerdo un momento de intercambio con él que no estuviera enmarcado por su buen humor y buena vibra. Pero el virus también cambiaría eso.

“Mira, el gobierno está ordenando cierres de bares en el Casco Viejo. ¿Tú sabes algo?”, fueron las primeras palabras de una conversación que, luego de 10 meses, aún no termina. Entonces, aunque con preocupación, ambos sentíamos que era algo momentáneo y pasajero. Me dispuse a acompañarlo como vocero de su organización, pensando eso: que pasaría, que sería leve. Ni en el peor de los escenarios suponíamos lo que terminaría pasando en el sector: una hecatombe sin final previsible.

Las notificaciones de cierres de los agremiados amparados bajo esta asociación comenzaron a llegar una tras otra. El teléfono de Mario Luis no paraba de recibir llamados de dueños desesperados, al borde de las lágrimas, a cualquier hora simpre con la misma pregunta: “¿Qué hacemos Mario Luis? ¿Qué hacemos?”. Y recibían siempre la misma respuesta: “Rendirse no es una opción”.

Un tsunami inesperado castigó al sector de forma demoledora: en menos de una semana, 900 empresas estaban cerradas y al borde de la bancarrota. Arrancaba entonces una aventura con destino desconocido que ponía en juego el trabajo de 9,000 personas y arriesgaba el pan de más de 21,000 familias que, indirectamente, se verían afectadas por la pandemia.

Las cosas no venían bien en la economía local con apenas 0.4 por ciento de crecimiento en el primer trimestre del año. El confinamiento llegó para muchos comercios como un tiro de gracia, luego de una larga agonía larga. ¿Cómo iban a hacer para pagar salarios, alquileres, servicios públicos? Mario Luis, como en un caleidoscopio animado, veía cómo el trabajo de muchos colegas que habían tardado años en establecer sus proyectos se derrumbaban como un castillo de naipes. Era una sensación de apocalipsis, sumada a la desazón por las muertes que no paraban de aumentar.

Mario Luis entendió entonces que la capacidad de un dirigente se define en momentos como estos. “Este es sin duda mi más duro desafío profesional”, les dijo a sus compañeros el día que organizaron la primera reunión de Zoom tratando de encontrar una estrategia común para combatir la pandemia. En la intimidad, no podía creer cómo el gobierno no daba respuestas rápidas y efectivas para detener la debacle.

La mañana del 15 de abril, luego de un mes de confinamiento, se anunció el muerto número 100.

Mario Luis escuchó la noticia mientras se dirigía al Ministerio de Comercio e Industrias donde debía reunirse, en representación de su gremio, con el viceministro de Comercio Exterior, Juan Carlos Sosa. No era muy optimista. “Nos van a montar en el carrito, de nuevo”, me dijo antes de ingresar, utilizando una frase popular, sabiduría de barrio panameño que denota la habilidad de prometer y no cumplir. Aunque no tenía muchas esperanzas en que el gobierno les diera una ayuda que los salvara del inevitable colapso, había un rayo de luz que alimentaba ese encuentro: el viceministro, justamente, era dueño de un restaurante y conocía de primera mano la situación por la que estaban pasando.

Sosa abrió la reunión con un saludo cordial para los participantes, asesores y representantes de todos los gremios del sector. “Estamos aquí para encontrar soluciones entre todos”, dijo, y enseguida abrió el paraguas: “No es sencillo estar cerrados, lo sé y lo vivo. Pero debemos tener paciencia, tolerancia y aprender sobre esta enfermedad para entonces tomar acciones concretas”. Mario Luis, sin paciencia para los protocolos, lo interrumpió: “Señor Viceministro, tenemos 400 bartenders sin un centavo en el bolsillo, nuestros negocios están y estarán cerrados aparentemente por mucho tiempo por lo que tengo que preguntar: ¿qué haremos para pagar salarios, alquileres, prestaciones, obligaciones bancarias e impuestos?”.

Sosa no quería entrar tan rápido en terreno fangoso. Su cuello adquirió una tonalidad rojiza en cuestión de segundos. “Mira, Mario, es una pregunta compleja la que haces”, dijo. Mario Luis no andaba con vueltas: “Para las preguntas sencillas tenemos respuestas, Señor Viceministro. Con mucho respeto, estamos aquí para responder preguntas complejas”.

Los otros participantes lo miraban con desaprobación. Necesitaban al gobierno de su lado y querían escaparle al conflicto. Uno de ellos, representante de un segmento afín a la industria de restaurantes, llamó a la calma. Lo que nadie decía es que el fuego cruzado ya llevaba días entre Mario Luis y el viceministro. Las críticas que el dirigente gastronómico realizaba en redes sociales a la falta de gestión del gobierno no habían caído nada bien en el despacho de Sosa. Y el viceministro se lo hizo saber.

“Mis oficinas siempre estarán abiertas para conversar. Este es el canal idóneo para encontrar soluciones no ventilando preocupaciones o críticas en redes sociales”, descargó el viceministro haciendo alusión obvia a la estrategia de comunicación rica en confrontación de la ARBYD.

“Creemos firmemente en la conversación, Señor Viceministro”, respondió Mario Luis. “Siempre y cuando llevemos respuestas para nuestros agremiados y para los miles de empleados cuyas familias dependen de estas conversaciones. De lo contrario, mejor nos tomamos una cerveza y quedamos como amigos que somos…y ya…”, concluyó, sin retroceder un centímetro.

La tensión entre Sosa y el representante del gremio que aglutina bares y discotecas entraba en la fase de no retorno. Mas allá de las formas, lo cierto es que el gobierno no tenía ningún plan especial para ellos. Si bien en España o Francia les dieron facilidades especiales a los bares y restaurantes, uno de los mayores perjudicados por la crisis, en Latinoamérica no corrieron con la misma suerte.

Ya afuera del ministerio, en el estacionamiento vacío, alumbrado por poca luz, Mario Luis parecía decepcionado. “Pensé que era uno de los nuestros”, me dijo mientras su rostro se reflejaba en el espejo retrovisor del carro que lleva en el borde pegada la imagen de un santo.

El 21 de junio se anunció el muerto número 500. La pandemia seguía su paso arrollador. Recién entonces, a cuatro meses del cierre compulsivo de comercios, el Gobierno anunció con bombos y platillos la implementación del bono solidario: 100 balboas al mes por familia. La canasta básica ronda los 300 por lo que el bono sirve de poco. A la vez, se suspendieron contratos laborales y así, 300,000 personas casi el 20 por ciento de la fuerza de trabajo nacional dejaron de generar ingresos para alimentar a su gente.

El número de muertos crecía, la economía se iba a pique y en medio de la tragedia, Mario Luis depositaba sus esperanzas en el arranque de la quincuagésima sexta sesión de algo que se llamó la mesa tripartita por la reactivación de la economía y la preservación del trabajo: un esfuerzo promovido por el Gobierno que convocó a representantes del sector trabajador (sindicatos), al sector privado y al Ministerio de Trabajo, en representación del Ejecutivo, para tomar acciones y encausar de alguna manera el rumbo de un país golpeado, con necesidad de endeudarse para poder subsistir, con hambre en cada esquina.

El contagio era siempre una posibilidad. La mesa del diálogo obligó a los representantes a salir, a moverse en las calles con permisos temporales conocidos como salvoconductos. A Mario Luis no lo desesperaba pero se sabía paciente de riesgo. “¿Mi asma se verá amplificada si me enfermo?”, “si me enfermo…o cuando me enferme…si sigo saliendo así a la calle será difícil no enfermarme…”, le decía a sus compañeros. Sin embargo, iba igual.

La primera reunión fue vía Zoom con el viceministro Sosa el 18 de abril de 2020. Había caras conocidas que ya sabían lo difícil que era conseguir apoyo del gobierno. Por eso lo miraban de reojo a Mario Luis, esperando que no se peleara con nadie. En un ambiente en el que reina la suspicacia, era señalado por sus detractores como un personaje que buscaba protagonismo, con deseos de figurar e incapaz de acatar el mandato de un sector privado unido. Mario Luis, por su parte, creía que era un suicidio mantenerse callado mientras el gobierno los abandonaba a las buenas de Dios.

La mesa tripartita terminó con importantes aportes como la extensión de la suspensión de los contratos laborales hasta diciembre de 2020 y acuerdos sobre la protección de trabajadores en sus respectivas plazas de empleo. “Poca cosa”, resumía Mario Luis, para quien las promesas del gobierno nunca se materializaban en respuestas para los agremiados de la ARBYD. Por eso decidió seguir con la presión mediática, apareciendo en programas de radio, de televisión, en paneles nocturnos por Instagram Live dándole caña al gobierno. “Estamos aquí y no nos apagaremos hasta que nos escuchen”, repetía. Le guste o no, lo único que consiguió con su estrategia fueron ataques de quines lo consideran un “influencer taquillero wannabe” el argot popular que no perdona.

Para esos días, unos 600 negocios ligados a la gastronomía cancelaron sus avisos de operaciones mientras las llamadas de madrugada aumentaban en frecuencia y en severidad. Había empresarios incluso que le compartían sus pensamientos ligados al suicidio. Mario Luis, belicoso durante el día, por las noches se convertía en una especie de psicólogo que intentaba tranquilizar a los asociados. En medio de todo, no paraba de preguntarse qué podía hacer por ellos. Aunque no consiguiera dinero del gobierno, aunque se mantuvieran cerrados, cómo podía darles una inyección de esperanza para sobrellevar estos días. Fue entonces que se le ocurrió una idea que terminaría transformando su realidad, la de sus asociados y que lo convertiría en un héroe pandémico.

“Los restaurantes servimos para alimentar a gente. Los bares existimos para entretener a la gente. ¿Cómo hacemos para que bares y cocinas cerradas lleguen a la gente que más lo necesita a pesar de las restricciones?”, dijo para sí. Pensó que volver al trabajo podía ser un aliciente para todos. Y que, si era para hacer solidaridad, el gobierno podría apoyarlos. Propuso armar una red de producción de comida para repartir en los barrios populares. Primero habló con la gobernadora Judy Meana, que lo apoyó inmediatamente. Después, sumó a Daniel Freire como coordinador. Finalmente, nació “Cocinas Solidarias”. En pocas semanas lograron alimentar a 45 mil personas en áreas marginadas donde el hacinamiento es la norma de vida. Mario Luis decidió hacer él mismo una de las partes más riesgosas de la cadena de producción: llevar la comida en envases de foam a los barrios. Así fue como la imagen de Mario Luis pasó de belicosodirigente a una especie de Papa Noel gastronómico, que sumaba incluso la ayuda de la Policía Nacional para el delivery.

El número de fallecidos seguía creciendo sin que hubiese confinamiento que pudiera ponerle un stop: el 16 de julio se anunció el muerto número 1,000. Por la tarde, luego de un arduo trabajo con Cocinas Solidarias y aún con dos llamadas Zoom por atender, Mario Luis contestó a la pregunta de cómo estás con un simple: “Muy cansado”.

Entrada la noche, comenzó a sentir lo que nadie quiere sentir: el hormigueo en la garganta que no cesa y no deja dormir. Escalofríos. “Digo, un día como el que tuve hoy descompone al más fuerte”, le dijo a su esposa Maruquel. Pero entonces subió la fiebre. Para Maruquel la situación era evidente y no pintaba nada bien. El diagnóstico de Covid-19 positivo llegaría en la tarde del día siguiente.

“¿Así es que se siente entonces? ¿Morir se siente así?”, preguntó Mario Luis cuando lo llamé para saber cómo estaba.

Pasaban las horas y no mejoraba. Mario Luis la pasa mal, muy mal. El miedo que tantas veces lo había asaltado en las reuniones con el gobierno, en la entrega de comidas en barrios marginados, en las peleas en los medios de comunicación, se hacía carne: un cuadro de asma lo complica con tos, con una flema permanente que nubla el entendimiento. Ni siquiera puede abrazar a sus hijos, y eso es lo que más le duele. Reza un rosario mientras llora. Al final, luego de algunos días en muy mal estado, logra salir.

“Sentí la muerte cerca”, compartió en una entrevista en la televisión semanas después, ya recuperado. El susto fue grande pero pasajero, como la resaca de un carnaval.

La muerte visita los hogares panameños todos los días a las 6 de la tarde. Es la hora del anuncio diario del Ministerio de Salud sobre el avance de la pandemia y en este día particular, 31 de agosto, la muerte reclama al muerto número 2,000. Hacia finales de noviembre, el Ministerio de Salud dirá que llegamos a 3,000 muertos por la Covid-19.

“No nos rendimos, ni nos rajamos”, anuncia Mario Luis en una reunión dentro de su organización vía Zoom el día 29 de octubre del 2020.  Rodeado por amigos, socios y asesores, convoca a una última acción que genere algo de esperanza en el sector de la economía panameña más afectado: son los dueños de bares quienes deben recibir una ayuda estatal diferente y concreta, al ser los primeros en cerrar y los últimos en abrir. Mario Luis dedica gran parte de su día al recorrido de restaurante y bares que reabrieron y trabajan al 25 por ciento de su tradicional ocupación.

Se acaba el año 2020 y el muerto número 3,173 es comunicado en cadena nacional el 6 de diciembre, el mismo día que Mario Luis González cumple 47 años. Ya sabemos que no habrán carnavales en 2021. Mario Luis, luego de tanta batalla, recibe un último regalo: es elegido como uno de los Héroes de la Pandemia por un canal de televisión por su proyecto de cocinas solidarias.

“¿Qué recordarás de este año, Mario Luis?”, le pregunto cuando le cuento que quiero escribir un relato sobre su vida en la Pandemia. “El bailar cerca con la muerte es algo tan inesperado como indescriptible —dice—. Recordaré el espíritu de lucha, recordaré el amor de los míos”.

Es probable que muchos pierdan la guerra por salvar sus negocios pero aún así hay tiempo para rescatar en estos tiempos sombríos el germen de la pasión. Una pasión tan contagiosa como un virus.

* Esta historia fue editada por Guido Bilbao en el marco del taller ‘Pensar el futuro/Contar Panamá’, de Concolón en alianza con Ciudad del Saber, CREHO, PNUD Panamá y CIEPS.
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About the author

Carlos A Arauz G

Carlos Araúz García es economista, fue banquero y fundó Fidinem Financial Advisory Services, una consultora en servicios empresariales. Nació y creció en el barrio de Calidonia de la ciudad de Panamá, y desde entonces participa de iniciativas sociales y comunitarias. Es el vicepresidente de Fundación Calicanto y de la Federación Panameña de Baloncesto, miembro del Instituto Aspen y CALI (Iniciativa de Liderazgo Centroamericano) y, en plena pandemia, se convirtió en vocero y asesor de la Asociación de Restaurantes, Bares y Discotecas de Panamá (ARBYD). Para revista Concolón, contó el trajinar de Mario Luis González de la Cruz para mantener a flote uno de los rubros más golpeados.

Carlos A Arauz G
Carlos A Arauz G
Carlos Araúz García es economista, fue banquero y fundó Fidinem Financial Advisory Services, una consultora en servicios empresariales. Nació y creció en el barrio de Calidonia de la ciudad de Panamá, y desde entonces participa de iniciativas sociales y comunitarias. Es el vicepresidente de Fundación Calicanto y de la Federación Panameña de Baloncesto, miembro del Instituto Aspen y CALI (Iniciativa de Liderazgo Centroamericano) y, en plena pandemia, se convirtió en vocero y asesor de la Asociación de Restaurantes, Bares y Discotecas de Panamá (ARBYD). Para revista Concolón, contó el trajinar de Mario Luis González de la Cruz para mantener a flote uno de los rubros más golpeados.