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Desde sus orígenes, 501 años atrás, el negocio fue pregón político y sello de lo urbano en la ciudad de Panamá: un paisaje inflado por los intereses privados y, por debajo y a los costados, el rugir de las consecuencias de la especulación. En este prólogo del libro ‘Panamá, la ciudad entre papeles’, de Ediciones Concolón, un repaso de los problemas y las posibilidades

Es algo sabido: una ciudad no es solo su historia y sus planes, el trazado de sus calles y plazas, sus instituciones y edificios, sus intercambios y negocios, el transporte y la movilización. Para que una ciudad sea ciudad, debe ser un espacio de oportunidades individuales para el bienestar general. Si no es un terreno para la felicidad, la ciudad es una falla.

En América Latina, la región más urbana del mundo —el 80% de la población de nuestra región vive en ciudades—, durante mucho tiempo se creyó que la urbanización llegaría de la mano de la racionalidad moderna, contrapuesta a la «barbarie» representada por lo rural. Hoy basta alzar la mirada para entender que no ha sido así: la urbanización muchas veces resultó en caos y la ciudad, justamente, en falla.

Pequeña en comparación a otras de la región —Bogotá la quintuplica y Guatemala casi la triplica—, la ciudad de Panamá tiene algunas dinámicas de pueblo pero muchos de los problemas de cualquier megalópolis tercermundista: desigualdad, degradación medioambiental, exclusión, violencia y un machismo campante.

Los datos duros dicen que la ciudad de Panamá es la más grande y poblada y el principal centro económico y financiero del país. En cualquier postal turística aparecerá, como imagen incuestionable del progreso, una foto del Canal y otra de las torres espejadas balconeando la bahía. Desde los orígenes, casi 500 años atrás, el flujo y reflujo del comercio internacional fue un tema constante. Ese es el sello de lo urbano aquí: un paisaje inflado por los intereses privados y, por debajo y a los costados, el rugir de las consecuencias de la especulación: avenidas asediadas, acueductos desbordados, las pocas veredas plantadas con carros que vuelven imposible algo tan simple como caminar. Una ciudad de contrastes, fragmentada, donde conviven carros deportivos importados de varios miles de dólares con los destartalados de los raspaos, sin hacerse el menor de los casos.

Foto: Raphael Salazar

La ciudad nunca será un territorio libre de conflictos, por eso es comprensible que sea percibida por su aura negativa. Pero eso no es todo. En las ciudades invivibles también hay lugar para la determinación de los anhelos. De ahí que sea un imán para inmigrantes. O para grupos que emprenden la hazaña de transformar el estado de las cosas. Y para la fortaleza o la testarudez o la resistencia o la creatividad entre las múltiples formas de construir sociedad. La ciudad es también el hábitat de los que luchan contra las sombras.

El libro ‘Panamá, la ciudad entre papeles’, de Ediciones Concolón, es un esfuerzo por descubrir, entender y contar ese palimpsesto que es la ciudad de Panamá. Asumiendo su costado cruel, intentando descifrarla y con la conciencia de que lo que se diga, no es la verdad última. 

Los textos reunidos en el libro partieron de una iniciativa colectiva que unió a ese tipo de gente ya no sólo con capacidad de salirle adelante al trauma o a las injusticias estructurales, si no también con la convicción de que pueden revertirse y la certeza de que hablar de la ciudad hoy, es soñar una ciudad mejor para el futuro. Porque mirar y agudizar el sentido de escucha de la urbe, ayuda a pensarla. Porque hablar salva y contar es establecer un punto de contacto entre lo que se cuenta y quien lee. Es el intento de romper prejuicios, alzar la mirada y empatizar con esos otros con los que convivimos, pero a veces no miramos.

Hay en el libro nueve crónicas que fueron concebidas, reporteadas y estructuradas en el Taller de Crónica Contar la Ciudad, que ideamos en el colectivo de periodistas Concolón y concretamos en diciembre de 2017 con la Fundación Gabriel García Márquez para el Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI), una de las instituciones más sólidas y respetadas del continente, y con el apoyo indispensable del Fondo Panamá Ciudad de 500 años, el Centro Cultural de España, Copa Airlines, la Autoridad de Turismo de Panamá y la Fundación Eleta. Quienes lo hicimos creemos en la palabra y la cultura como motores del desarrollo social.

El proceso de producción, que duró cuatro meses, comenzó con una semana en la ciudad de Panamá donde los periodistas, con la guía del talentoso maestro Cristian Alarcón, se acercaron a la historia, la geografía y sus límites; la composición social, sus fortalezas y desafíos, sus dinámicas; y avivaron discusiones sobre el rol del periodismo en la construcción de ciudades en permanente cambio, en los discursos sobre lo urbano, la inseguridad y sus efectos. Los autores se zambulleron en las calles con una misión: buscar y saber reconocer, entre el ruido y el agobio, quiénes la habitan, y permanecer con ellos, y dejarles espacio. Y, después, contarlo.

Ahí siguió el proceso de edición, de la mano del periodista y escritor argentino Sebastián Hacher, donde confrontaron y pulieron los textos. Finalmente, gracias al Fondo Panamá Ciudad de 500 años, alumbramos el libro ‘Panamá, la ciudad entre papeles’, que es un reflexión de la ciudad desde el periodismo.

Formalmente, es un libro sobre la ciudad de Panamá.

«Hace más de tres siglos, el obispo Lucas Fernández de Piedrahíta construyó la primera edificación de altura, de 27 metros: la Catedral de Nuestra Señora de la Asunción, en pleno Casco Viejo, la parte colonial de la ciudad —escribe el periodista mexicano Jesús Díaz en la crónica ‘¿Quién vive en los rascacielos?’—. Desde entonces la mirada horizontal se volvió imposible: Panamá quiere superar los 500 edificios. Para algunos la elevación se justifica por los negocios que deja el Canal de Panamá, aunque la población es de sólo cuatro millones de habitantes y su densidad de 49 kilómetros cuadrados por persona. En el mundo utópico de un solitario, se podría vivir a las anchas casi 50 kilómetros sin ser molestado. ¿Para qué construir hacia arriba?».

«Mientras fue del Casco Viejo al sur —escribe la periodista brasilera Alice de Souza en la crónica ‘El repartidor frustrado’—, la ciudad abandonó el antiguo sistema de organización del suelo. Dejó la cuadrangular lógica europea al avanzar rumbo a lo que es hoy, un choque realista entre las falacias del capital y las cicatrices latinoamericanas”.

La periodista venezolana Mirelis Morales quiso ver y entender qué significa ser la primera ciudad de Centroamérica con un Metro, y se encontró con la evidencia de la exclusión urbana: «El mapa de la línea 1 del metro de Panamá tiene trazadas 14 estaciones. Que se resume en una extensión de 16 kilómetros y un tiempo de viaje de aproximadamente 26 minutos de un extremo a otro. Entre la estaciones Albrook y 5 de mayo, se lee claramente la palabra Curundú. En algunos casos el nombre está tapado con papel adhesivo blanco, como quien corrige un error».

La ciudad de Panamá sigue siendo tan desigual como siempre —escribe el periodista José María Torrijos Legazpi—. El hogar de los hombres más ricos de la región, quienes viven en exclusivos barrios cerrados construidos sobre manglares y vertederos, que tienen como vecinos a las personas más pobres del área, quienes viven en improvisados “barrios brujos” con casas de zinc y calles sin pavimentar frente al mar».

Irlanda Sotillo escribe en ‘Pelo malo’: «En el censo nacional de 2010 apenas unas 313 mil personas se reconocieron descendientes de negros, solo el 9.2% del total de los panameños. En 2015, el Instituto Nacional de Estadística y Censo volvió a censar buscando actualizar el mismo dato, y los afrodescendientes aumentaron a 586 mil personas. La población negra pasó a representar el 14.9% del total de los panameños».

«Sea en el Casco Viejo, 5 de Mayo, Santa Ana o Albrook —escribe la periodista colombiana Nathalia Guerrero—, los ojos se posan sobre ti, como el láser de un arma francotiradora. Los puedes sentir: en tus brazos, en tus nalgas, en tus piernas, pegándose a tu piel descubierta porque el calor lo obliga, o porque simplemente quieres que sea así. Te hacen más lento o más rápido el paso. Y entonces los cinco minutos que te tomaba recorrer esas dos cuadras se convierten en diez, en quince, en veinte, y la línea recta de tu camino se vuelve un rombo, un trapecio, un paralelogramo. Con el tiempo evitas esa construcción, ese partido de fútbol, a los universitarios saliendo de clases, a los taxistas, a todos».

«El Chorrillo no queda lejos del centro de la ciudad de Panamá —escribe la argentina María Gabriela Baigorrí—. Muchos lo dan por muerto, pero la barriada está bastante viva. Como las caderas de las vecinas que caminan por sus calles sucias o los gallos atados con cadenas que se provocan de balcón a balcón. Como la memoria de los chorrilleros».

El colombiano Iván Bernal Marín describe al barrio Boca La Caja en un texto sobre pescadores que lanzan sus redes en la misma bahía que sirve de entrada al Canal : «Por las calles de Boca La Caja no caben carros. Está al nivel del mar, por debajo del nivel del tráfico. Aunque hay suficientes antenas como para asegurarse de que la señal de televisión no tenga problemas en atravesar la muralla de rascacielos alrededor. Es una llaga en el paisaje de opulencia citadina».

Foto: Raphael Salzar

Formalmente, decíamos, es un libro sobre la ciudad de Panamá. Pero, en verdad, es un libro sobre la gente que late y aviva un territorio atiborrado de conflictos y esperanzas.

Iván Bernal Marín cuenta cómo María Vásquez —una morena de 55 años y 17 nietos—, Abraham —18 años y flaco como una caña—, Carlito Guzmán —38 años, calvo y corpulento—. Emma del Mar —una señora que fríe pescados y los vende en la 24 de Diciembre—, Miguel Rodríguez Urriolano —un vecino de Boca La Caja que ha pasado media vida en el mar— cada madrugada hacen más o menos lo mismo que los más de 1,800 pescadores de las orillas del Canal de Panamá: intentar sobrevivir del —y en el— mar.

«Isaías Blades (39) se apura en aclarar que nada tiene que ver con el músico Rubén “Bleids”, en un inglés forzado, como los panameños nombran a su coterráneo —escribe María Gabriela Baigorrí—. Está sentado en la esquina de su puesto de venta de pescado frito, en la vereda frente a un imperceptible monumento a los caídos de la Invasión. Señala con el dedo índice que aquí nomás el Batallón de la Dignidad —agrupación civil armada norieguista— tumbó con morteros un helicóptero enemigo. Es mediodía y el olor a fritanga se vuelve tentador. Está convencido de que los “gringos” atacaron el 20 de diciembre de 1989 no para atrapar a Noriega, como cuenta la versión oficial, sino para que el entonces presidente norteamericano George Bush “pruebe armas de guerra”.

Nathalia Guerrero enfoca en la resistencia de mujeres diversas que, cada una con su estilo, luchan por el derecho a la ciudad: «Y es que la lucha sí es importante, esta lucha, la del acoso. Corina también lo ha tenido que vivir en carne propia muchas veces, como cuando era pasante mientras estudiaba derecho y se tenía que bajar en la estación de metro de la Fernández de Córdoba para llegar al Registro Público. En vez de caminar derecho, Corina tenía que cruzar la calle tres veces consecutivas todos los días, para evitar pasar al lado de las tres construcciones instaladas en esa época en las cuatro calles que la separaban de su destino».

Sentado en un sofá de su casa en Veracruz, Nandín —omeguid de la comunidad Guna que se autodenomina Lidereza Omeguid Guna— le dice a la periodista paraguaya Irma Oviedo: «Yo veía esa discriminación del mundo occidental, los vecinos se burlaban de mí, me decían niñita, indiecita. Yo me iba llorando. A los 10 años empecé a sentir eso, cómo me señalaban y se burlaban de mí».

Antes de que asomara el sol, la periodista panameña Irlanda Sotillo iniciaba un tour por salones de belleza: «Gabriela de Lara entra al salón maquillada y con una horquilla atrincada al pelo húmedo. Es obvio para qué está allí; por eso, recibe una sonrisa de la dependienta ni bien se para frente al mostrador.

¿Qué desea? —pregunta para asegurarse de que no vino a pintarse las uñas.

Un blower —responde ella.»

«Zito vivió en Miami y trabajó para los Estefan, giró por Europa como músico de la orquesta de Roberto Blades y vivió en Perú —escribe José María Torrijos Legazpi sobre el conductor de radio y miembro de la banda Océano, la más famosa de la ciudad de Panamá treinta años atrás que hoy pasea shows por clubes de barrio y sociedades de beneficencia—. Ahora asegura que jamás abandonará Panamá.

Amo la ciudad de Panamá, no la cambio por ninguna. Aquí todo es más sencillo, no hay ese canibalismo social como en otros países. Aunque cambiamos socialmente con la Invasión, nos queda algo de ingenuidad. He ido a otros lugares, he vivido ahí y siempre digo “esto está bien, pero no”. A Panamá no la cambio por ninguna».

El barrendero José Fernández le dice a la periodista venezolana Mirelis Morales: «Después del Canal de Panamá, el Metro es lo mejor que se ha hecho en este país».

«Orlando tenía que salir de Punta Paitilla, un barrio lujoso de la capital, hacia Obarrio —escribe la periodista brasilera Alice de Souza sobre Orlando García, un venezolano que aterrizó en Panamá el 28 de septiembre de 2015—. No más que un kilómetro y medio de distancia.

Te metes por Guerrero Xian. Cuenta dos entradas. Y ahí está la casa.

La descripción parecía sencilla para sus compañeros. Así lo comprendería cualquier panameño, pero no un recién llegado. En Panamá la dirección es una cosa personal. Las casas no suelen tener números. Las calles abusan de la indiferencia a la nomenclatura. Encontrar una placa informativa es como ganar la lotería de lo imposible».

Después de recorrer hasta el último de los 52 pisos vacíos de la torre más llamativa del skyline panameño —un edificio de 50 millones de dólares apodado «el tornillo»—, el periodista Jesús Díaz dio con la única oficina que no tiene vista a la ciudad ni luz natural: «Allí, en un sótano, desde las 8 de la mañana se instala todos los días la joven Yajaira para esquivar las preguntas de curiosos. Su puesto, dice, es de empleada administrativa, pero siempre le toca ahuyentar a entrometidos.

El edificio está semivacío, pero ella lo niega. No puede ser así: trasladarse más de dos horas desde la periferia sólo para cuidar de un cascarón que todos fotografían en el exterior sería un esfuerzo inútil. Es mejor creer que diariamente miles llegan a éste y otros edificios inhabitados en un supuesto capitalismo funcional».

Este no es un libro de calles, edificios, oficios, barrios, iglesias, carros y plazas y desastres, aunque hay historias repletas de calles, edificios, oficios, barrios, iglesias, carros y plazas y desastres. Es un libro sobre lo que somos: la gordura, las cicatrices, la pus, pero también la vitalidad, la fuerza y el flow de gente que, en medio del agobio y la violencia y los carros siempre a punto de chocar, empina en el espacio de la ciudad la determinación de estar, ser y soñar.

Foto: Raphael Salazar

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