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Nunca ha sido pelo malo

Arte: Rita M. Silvestri

La furia española de «la conquista» condenó el cabello negro. A las mujeres negras les hicieron creer que era ajeno a «la buena presencia», que había que domar con químicos su naturaleza salvaje. Así lo cuenta la periodista Joan Collins, quien ve hoy cómo el pelo afro se alza con el ímpetu de un dragón, como un retrato vibrante de su herencia afro, cimarrona, rebelde contra el yugo de un canon blanco

A nosotras, las negras mujeres, desde que ocurrió lo que llaman “la conquista” junto con todas las imposiciones que vinieron detrás de ella, se nos dijo que la textura natural de nuestro pelo no era bella o presentable, o profesional o bien vista, o aseada o peinada. Es decir, nuestro pelo, su forma, cómo crece y cómo vive, nos la han prohibido.

Ese violento proceso de aculturación que inicia por el despojo del pelo en las poblaciones africanas esclavizadas en el siglo XVI, marca un antecedente sobre el rechazo infundado en el pensamiento colectivo hacia el cabello afro. Una marejada de blancos llegó de repente y vieron lo ostentoso que era, los peinados, los trenzados, los adornos, y decidieron con toda su tiranía que no. Que, según ellos, no estaba bien.

Esa marejada de blancos, sus ideas, su simbolismo, se quedó.

Una de las graves consecuencias de ese yugo colonizador ha sido la cadena generacional de inconformidad con el pelo, que resulta en la asimilación forzada de un canon eurocéntrico como única forma de supervivencia cuando habitas un cuerpo negro dentro de esta cultura blanca occidental dominante.

En el lugar donde crecí, Santa Librada, casa blanca, verjas negras y jardín, mi abuela era la que nos alaciaba a todas, hijas y nietas. Nos sentábamos entre sus piernas mientras ella pasaba una mezcla blanca y calcinante que penetraba nuestro cráneo. Ardía. Y cuando comenzaba a picar, había que correr a lavarlo o se caía.

Según ella, el ritual era necesario para asegurarnos un trato digno, un futuro laboral y vernos “presentables”. Que ni se nos ocurriera salir con “esa tremenda mata de pelo” a la calle sin alisar.

Es la asimilación que exige una jornada de una vez cada tres meses: alisarse y pagar al menos, en Panamá, diez dólares semanales con tal de mantener la identidad oculta, escondida, cuidando que no incomode.

Arte: Rita M. Silvestri

Corría 2017 cuando me tocó hacer una práctica profesional. Uno de tantos días, la profesora lanza un discurso sobre lo mal visto de llevar el cabello afro cuando trabajas en televisión. Yo había entendido dos años antes, después de nueve de alisarme, por qué nuestra naturalidad causaba eso y desde entonces, mi cabello lo llevo afro, con twists, trenzas, canrroles, como yo quiera. A la salida de esa clase, un poco deshecha, un poco frustrada, le escribí en un correo las razones por las que su discurso estaba terrible.

La colonialidad. La sociedad racista.

Ella decidió no ponerme frente a la cámara.

En la vida de una mujer negra que lleva su cabello natural, eso ocurre. Gente que —consciente o no— suelta prejuicios raciales. Personas acostumbradas a ver siempre su imagen representada que sienten la urgencia de verbalizar su “asombro” preguntando si llevas peluca o extensiones, o incluso invadirte con sus manos.

Lo que nadie dice ni comenta es de qué esos productos están hechos, qué contienen, cuál es el riesgo que representan al hacer contacto con tu sistema. Un estudio publicado en la revista de obstetricia y ginecología (AJOG) asocia la placenta y los parabenos, químicos frecuentes en los desrizantes, con la menarquia temprana y la aparición de fibromas uterinos en mujeres afroamericanas. Pero desde los cuatro y ocho años comienza a aplicarse en niñas que recién se enteran, deben solucionar el problema que es la textura natural de su pelo.

Quizá las que no han querido someterse han sentido miedo, pues la sociedad racista indica que “la buena presencia” implica no llevar tu cabello natural. Un caso que llegó a demanda fue el de Adriana Arias, en 2016, la suspendieron de su trabajo en un centro médico ubicado en Punta Pacífica durante tres días sin sueldo por llevar trenzas, con la excusa de que “el peinado no formaba parte de su uniforme”. Otras, madres y padres, reciben notas del colegio que dicen: por favor peine a su hija.

No obstante, el afro tuvo siempre un papel político importante en el surgimiento de movimientos y luchas antirracistas hasta ahora.

Hoy, gracias a eso y al activismo estético, hay una ola de aceptación que se ha levantado en la vida de miles de mujeres negras, lo que antes no sucedía ahora está pasando. Todas decididas a cuidar su pelo tal como les nace y a ver como falsos prejuicios las ideas que históricamente han propagado sobre el afro, al asumirlo parte de una identidad africana y ancestral.

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Joan Collins
Joan Collins
Joan Collins es una periodista rotunda de 24 años. En la revista Afroféminas, escribe artículos y columnas también rotundas sobre la cultura afro, la representación de las personas negras en los medios de comunicación y las dinámicas de poder detrás de la apropiación cultural. Nada escapa a su mirada atenta al simbolismo y las manifestaciones del lenguaje. Sobre todo le interesa eso: la forma en que la gente se comunica, define y caracteriza. Su primer encuentro con el feminismo llegó con ‘La mujer rota’ de Simone de Beauvoir, cuando entendió que a todas las mujeres las unía alguna opresión. No lo soltó jamás. Desde entonces, no para de mirar películas y leer libros sobre mujeres.