Mujeres empobrecidas: cuerpos y derechos sometidos
08 Mar 2020
Me llaman Feminazi
08 Mar 2020
La OEA advirtió sobre la subrepresentación que sufrimos las mujeres en Panamá. El Tribunal Electoral mostró la violencia política que sufrimos en las elecciones en las elecciones de 2019. Las cifras son evidencia: de los 5,865 cargos en juego, sólo 988 de los candidatos eran mujeres. ¿Cómo se garantizan nuestros derechos con pocas mujeres en la política?

La mañana del 26 de febrero, como cada mañana, revisé los periódicos y, como cada mañana, encontré un titular que describe el mundo: “OEA advierte sobre la desventaja de la mujer en la política”.

La nota hacía referencia al informe de la Organización de los Estados Americanos sobre los comicios electorales de Panamá en 2019, donde la misión de observadores destacó la marcada subrepresentación que sufrimos las mujeres. Era algo sabido: ya el Tribunal Electoral había advertido sobre la violencia política contra las mujeres al hacer públicos los datos de participación en las elecciones. Con 5,865 cargos en juego, sólo 988 de los candidatos eran mujeres. Los varones sumaban 4,877. Las mujeres fuimos el 16,8 por ciento de las opciones aunque somos más de la mitad de la población, más de la mitad del padrón electoral y somos mayoría en los partidos políticos (hay 684,393 inscritas en algún colectivo político de 1,333,308).

La noticia la leí en un lugar de privilegio. Me encuentro en Washington cursando el programa Global Competitiveness Leadership (GCL) en Georgetown University, al cual tuve la oportunidad de acceder al obtener la beca de Latin America Leadership Program. Enseguida pensé que aunque es amarga la realidad, es mejor que se conozca: es imprescindible comenzar a visibilizar la situación y generar condiciones para garantizar más espacios a las mujeres y dejar de normalizar el problema.

Ahora, ¿cómo podemos mejorar esto con pocas mujeres en la Asamblea? Lógicamente, pocas candidatas implica pocas diputadas: tenemos un Legislativo donde poco más del 80 por ciento son hombres y sólo el 9.9 por ciento somos mujeres. Pocas diputadas, implica, a su vez, menos leyes con perspectiva de género, como la de paridad electoral.

Entonces: tenemos un problema de inclusión y representatividad que se traduce en la baja participación femenina en los comicios electorales y, posteriormente, en los cargos de elección popular. ¿Por qué si en Panamá la mayor cantidad de profesionales que egresan de las universidades —y con mejores índices— son mujeres? ¿Qué nos limita? ¿Por qué no participar de manera activa en la política?

Hay dos obstáculos: el sistema —el manejo histórico del mundo y de los partidos políticos— y los que nos ponemos nosotras mismas como un condicionante individual que resulta del formateo del sistema —el llamado techo de cristal.

De lo segundo conocemos mucho las mujeres: esas barreras del “no puedo” que muchas veces nos autoimponemos. Sin duda con etiquetados la sociedad nos limita.

Como mujer política pero antes activista y afrodescendiente, muchísimas veces escuché frases como “la política no es para mujeres” o “deberías dedicarte a tener familia”. Los descalificativos o agresiones discursivas son recurrentes. A nosotras, por ejemplo, se nos evalúa por cómo decimos las cosas, por la apariencia o cuestiones de emociones y sentimentales. De los hombres, en cambio, se mira su capacidad de gerencia o académica. En 2019 un candidato a diputado en mi circuito me dijo: “Eres joven… ¿por qué en estos 5 años no te dedicas a tener hijos?”.

En lo personal, esas frases funcionan como catalizador de toda mi energía para finalmente sacudirme los motes sociales y atreverme a participar, a entrar al ruedo político de manera activa. También de usar cada espacio para promover cambios que garanticen derechos a las que no pueden decidir: mujeres empobrecidas, minorías en la minoría sin posibilidad de terminar estudios, dedicar tiempo a su superación o alimentar sueños, porque el día se va en sostener la vida que es cuesta arriba.

Las mujeres hemos conseguido muchas cosas, y siempre luchando.
Algunos resultados fueron el cumplimiento de los convenios ratificados por nuestro país, como la Convención sobre la eliminación de todas las formas de discriminación contra la mujer (ley 4 del 22 de mayo de 1981), la Convención interamericana para prevenir, sancionar y erradicar la violencia contra la mujer Ley 12 de 1995, Per Convención de Belem Do Para (ley 12 de 20 de abril de 1995), entre otros. Todas esas conquistas respondieron a esfuerzos.

Los “para qué te metes a la política” que me soltaron a mí, la violencia que arrasa con nuestras vidas, las limitantes impuestas para participar e incidir, antes fueron dolores y sometimientos mayúsculos de otras mujeres gracias a las cuales hoy somos. Nos llamaron brujas por pensar y escribir, y nos incineraron. Mucho tiempo después, un 8 de marzo de 1908, volvieron a quemar a cientos de trabajadoras por protestar en las calles. Tantas veces nos mataron. Y lo siguen haciendo. Conseguimos mucho, decía, pero falta. Falta mucho para una implementación efectiva, siendo temas como el presupuesto o voluntad política los que sobresalen.

¿Qué nos queda hacer? Como mujer afrodescendiente, entiendo que mi lucha está vinculada a garantizar a otras como yo esos derechos básicos como educación, salud y seguridad.

También creo que es importante pasar de la indignación a la acción. Estoy convencida de que debemos involucrarnos más en los asuntos que nos preocupan, en aquellos en los cuales no nos sentimos representadas, en esos donde los que están lo hacen mal o no hacen nada. No se trata de discursos vanos o arengas motivacionales, sino de hacer la participación y la incidencia efectivas. Parte de esa misión es lo que me trajo a Washington, un proyecto de formación en liderazgo para que las mujeres en política tengamos más y mejores herramientas.

Ilustración de Martanoemí Noriega

Es posible permear en un mundo político tradicionalmente dominado por hombres. Cada día es una prueba y hay algunos donde las fuerzas fallan, pero igual hay que seguir, porque la vida política es servicio público. Tu voz deja de ser exclusivamente tuya y empieza a robustecerse por aquellas que no pueden o no se atreven a alzar las propias. Es un fenómeno hermoso y que conlleva responsabilidad: saber que ya no se trata sólo de ti, es el renacer de una conciencia colectiva.

Hoy día, tras mucho darle vueltas al tema, me atrevería a decir que se trata de habilidades blandas que ameritan ser cultivadas o despertadas en las mujeres panameñas, especialmente en las jóvenes, en las que vienen subiendo, para ir por lo que falta. Es importante no sólo que sepamos que podemos, sino que lo hagamos con la preparación adecuada. Debemos trabajar en el desarrollo de técnicas de mediación, debate y demás. No sólo para llegar, si no para saber hacerlo y para representar mejor.

Poder tener la posibilidad de llegar al juego y, desde allí, abordar a una nueva generación sin tabúes, sin prejuicios o concepciones imaginarias del deber ser. Que no aceptemos negativas por respuestas y puertas cerradas como finales del camino, que creemos nuevos lazos y trazos sin paradigmas, donde podamos adelantar discursos más allá del cuido de los lactantes.

Para eso, necesitamos cambiar. El informe de observación de los comicios electorales 2019 de la OEA es una evidencia de cuánto necesitamos hacerlo: de un total de 11,229 candidatos, entre principales y suplentes, sólo 3,415 fuimos mujeres, el 30 por ciento. Eso se tradujo en 16 de las 71 curules de la Asamblea Nacional en manos de mujeres.

Es sobre el cambio de estas cifras que concentramos nuestro interés, estamos en un proceso de sacudir conciencias, haciendo un llamado a la transformación del proceso político, a fin de que sea más inclusivo y representativo de la realidad demográfica y social de Panamá. Dicho proceso va de la mano con la lucha contra la violencia hacia la mujer, tan arraigada a la cultura panameña, que también está en manifestaciones en la política.

Quiero creer que se puede, que siempre se puede avanzar y conquistar nuevos campos, aun aquellos donde nos dicen que no pertenecemos o que con frases matadoras esperan desincentivarnos. Les escribe una mujer, afro y joven que un día creyó que podía retar al sistema y, desde entonces, lo hace siempre para que seamos más, nosotras las de esto.

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Sobre la artista

Martanoemí Noriega. A la artista Martanoemí Noriega le gusta presentarse como artesana de la imagen y feminista. En paredes de la ciudad, libros, películas animadas, revistas, afiches, periódicos, se ve eso: la obsesión por los detalles, los vínculos con la madre tierra y las mujeres. Sobre todo, con las mujeres que nos precedieron. Le agradece a ellas, a su bisabuela que envió a sus hijas a la escuela contra los deseos de su marido, a su madre que estudió. Sabe que gracias a ellas estudia lo que quiere, trabaja, gana dinero, se compra cosas —los libros que lee, la computadora en la que escribe— sin necesidad de ninguna autorización.

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Walkiria Chandler D'Orcy
Walkiria Chandler D'Orcy
Walkiria corre competencias de muchos kilómetros y su comida favorita es la que prepara ella: cocina tan bien como entrena. Cuando era niña también corría a la salida de la escuela por las calles de Bethania, donde creció. Entonces ya era una feminista con conciencia étnica y soñaba con ser abogada para tener herramientas para cambiar el mundo. Lo cumplió: es abogada y política. Diputada suplente, su trayectoria impresiona: directora de la Fundación Nacional de Pesca, directora legal de la Autoridad de los Recursos Acuáticos, miembro de la Comisión del Código del Ambiente, asesora legal de la Asociación de la Industria Pesquera Panameña. Todavía quiere cambiar la realidad.