El IFF Panamá en 13 escenas: lo bueno, lo malo, lo lindo y lo feo

De memorias, significados y velos
20 Dic 2018
Fotos: Tova Katzman
La feroz octava edición del Festival Internacional de Cine de Panamá conmovió hasta a los cinéfilos más apasionados. Te contamos las intervenciones más insólitas de los Q&As después de las proyecciones, el empuje de los eventos al aire libre, las fiestas y las promesas del séptimo arte. Bonus track: Yalitza Aparicio y Ricardo Darín en tarima

Lo bueno

Darín para la largada

El jueves 4 de abril, en el lobby del teatro Balboa, muy cerca del Canal, el aire era húmedo y denso. Era la apertura de la octava edición del Festival Internacional de Cine de Panamá y el clima del trópico, como siempre, no perdonaba maquillaje, ni vestidos, ni sacos ni corbatas. Pero esa noche todos parecían olvidarlo. En largos trajes de colores y camisas planchadas, desfilaron centenares de personas que llegaban a la gala de apertura.

Al cruzar el umbral del portal de entrada, a la izquierda se levantó una pared falsa de madera revestida con el logo de festival y una luz azul como de discoteca. Allí la gente posaba ante el flash para luego cruzar al lobby, un espacio abarrotado de personas donde se codeaban artistas, empresarios, abogados y jubilados que hacían juntos la fila para buscar vino y popcorn gratis, justo delante de otra pared falsa para tomarse más fotos.

Tova Katzman

Afuera pitaban diablos rojos, buses interprovinciales, autos particulares y hasta patrullas de policía. Adentro, prácticamente todas las butacas estaban ocupadas en la sala oscura y climatizada. Solo alumbraba desde el escenario una proyección del logo del IFF, pero la gente reconoce a sus ídolos incluso en la penumbra: apenas entró el actor argentino Ricardo Darín, la ovación lo abrazó. Él saludó en el trayecto hasta su asiento en la primera fila.

Cualquier festival que se precie, tiene figuras famosas entre sus invitados. Darín entregándose sonriente al millón de pedidos y saludos continuados, parece haberse erigido como el invitado perfecto para la humedad calurosa del trópico. Actor, exgalán y alguna vez cantante con un disco olvidado, es un tipo aclamado en festivales del mundo y adorado en los medios como alguien que, en el valle de vanidades que es la farándula, le ganó la pulseada al ego. También es alguien que el año pasado dividió las aguas en el feminismo de su país, tras una acusación pública de maltrato por parte de la una colega y amiga. Pero aquí nadie mencionó eso: fue el hombre más solicitado para selfis y saludos. El más entregado al juego, también.

Tova Katzman

Ese mismo día por la mañana, en la conferencia de prensa de apertura del IFF en el Hotel Central del Casco Antiguo, Darín había citado a un actor norteamericano para compartirnos el secreto de la vida.

—Dijo algo así como que para él la clave estaba en que toda vez que volvamos a un lugar por el que ya hemos pasado tengamos la suerte de ser recibidos con los brazos abiertos —dijo Darín.

Y Panamá, o por lo menos el teatro Balboa, lo recibió después de cinco años celebrando la noche inaugural del IFF con una película que desentona con el universo Darín —y que, hay que decirlo, no es más que una comedia más: El amor menos pensado—. Los panameños igual aplaudieron al hombre de las alfombras rojas y las palabras sencillas. Darín, aunque haya sido su versión menos pensada, al fin y al cabo es Darín.

El Colón indígena

Es un soleado miércoles 10 de abril y Alexis Campbell, sentado en el lobby del Hotel Central, dice:

—Soy indígena y soy afrodescendiente, pero no hablo dulegaya. Mi bisabuela parece que no le enseñó el idioma indígena a mi abuela porque en ese tiempo se estaba dando la revolución guna. Era prácticamente una niña, la mamá de mi abuela. Cuando cumple la mayoría de edad, se muda de Guna Yala para Río Azúcar y, luego, a la ciudad de Colón.

Tova KatzmanAlexis es un periodista de 23 años, flaco y cobrizo con ojos achinados. Acaba de salir de un taller de guión con uno de los más importantes escritores y guionistas cubanos, Eliseo Altunaga. Participa del festival con una beca que el IFF da desde el 2017 a los jóvenes de Colón, para que asistan a los talleres de industria. Los becados de Colón son famosos porque encienden todas las fiestas del Festival: se toman la pista, contagian pasos y siempre sonríen. Pero además de esos disfrutes, los cuatro de este año tuvieron otros: Alexis pudo remontar la historia de su abuela, que a los 75 años no tiene un recuerdo de la comarca Guna Yala o «tierra guna» y nunca usó camisas de mola ni supo tejerlas. Así, parió la idea del documental «Mola dulegaya».

Ahora, acomodado en un sillón elegante, viendo pasar a directores, actores y cineastas del mundo que se amontonan en este hotel que durante una semana se convirtió en reducto para el encuentro y el brindis, dice que cuando se enteró de que ni su abuela ni su mamá hablaban dulegaya, el idioma de la etnia guna, buscó una respuesta en la memoria familiar. Y encontró: el abuelo guna regalado a una señora afrodescendiente prácticamente como un esclavo cuando tenía 11 años, que trabajó en las calles vendiendo frutas y periódicos para darle todo el dinero a la señora hasta que a los 18 años se subió a trabajar en un barco que hacía viajes de Guna Yala a Colón y, en uno de esos viajes, conoció a su mujer.

—Mi abuelo decía que no iba a enseñarle a mi mamá su lengua porque la iban a reprimir, ofender y humillar —recuerda Alexis. —Más que todo, el documental relata cómo muchas familias de Panamá, como la mía, dejaron sus costumbres, sus tradiciones y ya no están apegados a su cultura original. Ya tengo el tratamiento y el guión, solamente falta el financiamiento para rodarlo.

El joven periodista vuelve a su celular. Un corto documental que hizo sobre La Playita, un barrio de pescadores que el gobierno quiere desalojar de ese rincón sobre el mar en la ciudad de Colón, prendió las redes sociales y movilizó ese día una protesta del Frente Amplio por Colón. Pero esa es otra historia.

La estación seca: loas a la perseverancia

¿Se imagina concebir una historia? ¿Se imagina concebir una historia y sentarse a escribirla? ¿Se imagina concebir una historia, sentarse a escribirla y proponerse un plan para volverla película? ¿Se imagina concebir una historia, sentarse a escribirla, proponerse un plan para volverla película y filmarla? ¿Se imagina concebir una historia, sentarse a escribirla, proponerse un plan para volverla película y filmarla sin un cuara?

Ese plan amasó el director José Ángel Canto durante más de diez años. Y lo hizo.

Rodada entre 2006 y 2007, esos tiempos en los que no existían programas de Estado para promover el cine ni casi nada vinculado a la cultura, La estación seca se hizo sólo con las ganas de gente con ganas: sin dinero, sin apoyos, a pura garra.

La película, que se estrenó el viernes 5 de abril en el IFF, justamente reflexiona sobre eso: un Estado indiferente y zozo que no piensa ni ejecuta en función de lo que debería hacer. O sea: un Estado que no se preocupa por las necesidades y posibilidades de la nación como conjunto y deja a personas como el director, los guionistas y actores, remando en un río como hecho de lodo.

«La estación seca es un proyecto visceral», dijo José Ángel Canto, el director que no soltó la idea durante 12 años, hasta que la vio en pantalla. En todo ese tiempo, dijo, nada cambió demasiado: «los problemas siguen siendo los mismos». Los desencadenados por una sequía en la que muy poco florece.

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Lo malo

Cine en el barrio: la gente (no) aprecia

La iniciativa es para aplaudir: cada año, «bajar» películas a distintos barrios de la ciudad para «desterritorializar» y «democratizar» el cine. Este año no fue la excepción.

Hubo tres funciones: el viernes 5 de abril la cita fue en Chorrera, el sábado 6 de abril era en el parque Los Guayacanes de Betania y el domingo 7 de abril en el patio del Movimiento Nueva Generación de Barraza.

En la segunda, la lluvia jugó una mala pasada y hubo que cambiar repentinamente de sede desde Los Guayacanes a una cancha en Villa Cáceres, a tres cuadras de distancia. La película elegida fue la colorida animación El Ángel en el Reloj. Tambien hubo carne en palito, el popcorn y las paletas.

Para la tercera, eligieron el documental sobre cambio climático Inventing Tomorrow. No hubo muy buena acogida: los niños estaban en otra cosa y la mayoría del público se fue a mitad de la película. Otros corrieron a escuchar reggae a todo volumen y ver a los más grandes jugar fútbol en un cuadro del área.

«Tienen que escoger mejor el tipo de películas que le ponen a los pela’os», se quejaba alguien desde el público, «son puros niños, ellos quieren ver cómicas, no un documental». El proyecto, dijo Fanny Huc, encargada de la programación del IFF, apuesta toda su energía para que «el público conozca otras perspectivas que no llegan tan fácilmente al barrio». Pero por la asistencia, la coordinación con personas del lugar y la integración, parece que no logra llegar fácilmente.

Tres interrogantes molestas

¿Por qué no dejaron entrar a los ngäbes? Muchos creían que eran de México. Pero en realidad eran de la Comarca Ngäbe Buglé. En medio de las selfis, los forcejeos y la euforia de los fanáticos, Arnold, joven ngäbe de 19 años, logró sortear el mar de personas que gritaban «Yalitza» para poder conversar cara a cara con la actriz mixteca del momento.

—Le dije que me sentía orgulloso porque era la primera mujer actriz indígena en llegar tan lejos y ser nominada a tantos premios, cosa que no se veía antes, y eso hace que todas puedan proyectarse rompiendo ese estereotipo —dice Arnold, quien le obsequió a la protagonista de Roma una nagua, un vestido tradicional que identifica a la mujer del campo en la cultura ngäbe.

Eran diez chicos de la Asociación de Estudiantes Ngäbe Buglé de la Universidad de Panamá y en realidad no iban a ver Roma sino a rendirle homenaje a Yalitza. Tenían pensado bailar, como habían pedido a través de una carta entregada al IFF. Pero como no tuvieron respuesta, tampoco apoyo en la coordinación. Después les pidieron disculpas porque pensaron que querían entrar a la sala a ver la película y no los dejaron, aunque ellos solo querían presentarle a la actriz mexicana una danza de tres minutos que para los ngäbes representa una muestra respeto.

¿Por qué a los cineastas panameños les cuesta competir oficialmente? Una de las innovaciones del IFF fue la creación del espacio Perspectiva Panamá, con el fin de apoyar a realizadores emergentes. Se proyectaron dentro de esta sección Huaquero, Los nietos del jazz, Azuquita y Calypsonians.

Si bien la iniciativa es justa, plantea una realidad: exhibir el séptimo arte local como una muestra alterna a la selección oficial, es decir, sin reunir los estándares de calidad, los criterios ni los requisitos que un festival internacional de cine exige.

A lo mejor llega pronto el momento en que la producción nacional le sacará brillo a su talento y se someterá a una evaluación que todas las demás cintas de la región y el mundo rebasaron. Es el siguiente paso después de integrar una sección que maquilla el rechazo.

¿Por qué se invita a un hombre que vino muchas veces a hablar de una foto que tomó hace 30 años? Ron Haviv continúa viniendo a Panamá a contar cómo estuvo en un momento y en un lugar precisos. Esta vez lo volvió a hacer con la master class Biografía de una foto, «que investiga la historia de dos fotos icónicas, una tomada en Panamá (1989) y la otra en Bosnia (1992)».

La que tomó en Panamá la hemos visto antes. Billy Ford viste una guayabera blanca empapada de sangre. Levantando el brazo derecho, se enfrenta contra un civil de piel oscura y cabello ensortijado que está a punto de reventarle una vara en el cuerpo.

La imagen le dio la vuelta al mundo impresa en la revista Time, eso Haviv lo sabe. El fotógrafo también sabe que la sangre en la camisilla es en realidad de un guardaespaldas, a quien asesinaron. Lo que Haviv no ha logrado dimensionar, o al menos no lo ha comunicado lo suficiente, es que su foto pintó una falsa heroicidad y un falso enemigo. En cualquier caso, George H. W. Bush decidió ponerle fin al conflicto ordenando La Invasión y haciendo referencia a la imagen tomada por Haviv.

***

Lo lindo

El salvajismo silencioso

Salvo la semana del IFF, aplaudir cuando acaba una película en una sala de cine dentro de un centro comercial, es una locura. La licencia se nos concede cada abril, cuando afuera la brisa es débil y la lluvia salvaje.

En la pantalla de la sala 8 del Cinépolis de Multiplaza rodaban los créditos finales de la película de Mauro Colombo, Tierra adentro, y una ola de aplausos rompió el silencio que, en otro momento, serviría para pensar: qué acabo de ver. Tierra adentro es una cinta misteriosa y poética donde se funden escenas hipnóticas de la jungla y personajes que retratan un Darién profundo, aunque bastante cercano. Un activista contra la tala de árboles, una misionera gringa, un biólogo que protege a los jaguares, una inmigrante africana que persigue el sueño americano, un oficial de la policía militar fronteriza, un campesino que abandonó la religión para continuar siendo curandero. Los testimonios son como metáforas que desafían nuestra idea de progreso al tiempo que desnudan nuestra ignorancia sobre la selva darienita. Desfiguran la imagen de aquella provincia peligrosa, hostil e inhóspita.

Tova Katzman

Ese sábado 6 de abril, cuando terminó el documental que fue elegido como el mejor del IFF, de un solo brinco, un voluntario encuadró el banner del festival y acomodó dos sillas. Las luces eran tenues y el momento de reflexión lo dirigía entonces la gerente de programación del festival, Fanny Huc, quien entrevistó al director del documental, el aclamado Mauro.

—Nadie es malo ni nadie es bueno porque más o menos todos tienen sus razones —dijo Mauro, después de ahondar en los personajes que decidió incluir en su documental y cuyos oficios solo pueden comprenderse si se entiende la supervivencia como cotidianidad.

La sala completa acompañó con palmas el agradecimiento del cineasta a los protagonistas, quienes también aplaudían alegres desde sus butacas. La entrevistadora preguntó si alguien tenía alguna pregunta para el director y una mujer levantó la mano con urgencia.

—¿Cuál es la finalidad de tener al indígena que habla cosas muy extrañas, como que su mente está perturbada, que es realmente una persona que está psicotizada porque ese señor, digo, está bien que tú cuando vives en ese mundo haces un mundo propio y le pones los nombres que tú quieras y tus amigos son los que tú haces, y él estaba…? —preguntó la señora, de pie, sin advertir que el director adelantaría su respuesta.

—Bueno —contestó Mauro —yo pienso que cada uno de nosotros está un poco enfermo. Tengo que respetar un poco a todos.

El público aplaudió la respuesta como el gol de Panamá en el mundial.

Tova Katzman

—Yo no creo que tú estás nada enfermo por haberte ido a meter allá a hacer ese documental, más bien… —insistió la mujer, esta vez ya sentada en su lugar.

—No. Yo soy el más enfermo, en realidad, señora. El que hace películas, muchas veces, tiene mucha enfermedad que tiene que sanar, para eso hace películas.

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Tierra adentro ganó el premio revista ‘K’ al mejor documental elegido por el público. El jueves 18 de abril comenzó a proyectarse en todas las salas Cinépolis del país, hasta el 25 de abril.

Calypsonians

Calypsonians es quizá la cinta más bendecida del festival. Cuando la proyectaron, en el cuarto día del festival, el domingo 7 de abril, a nadie le importó la ausencia de un trípode en momentos clave de la película, ni la calidad heterogénea de sus escenas o que la proyección se haya detenido tres veces por un error de formato en el archivo. Sala casi llena. Es una cinta rotundamente mala en términos de recursos y técnicas cinematográficas, pero con un mensaje potente: la reivindicación y el orgullo de la negritud. Fuego total. El público aplaudió largo al que tal vez haya sido el peor documental de la historia del IFF.

Calypsonians es la bienaventuranza de la empatía. Desde su noviciado fílmico, el director Anghelo Taylor le regaló al público la película que quería ver: una historia musical, familiar y de identidad. Como si se tratara de una pollera congo, la ópera prima del joven panameño son muchos retazos de historias en una sola pieza. Además es de los pocos documentales que captura a la leyenda del calypso nacional Lord Panama antes de su muerte, aunque queda claro que la historia de más peso es el seguimiento a los jóvenes de La Escuelita del Ritmo, quienes se enamoran del calypso y buscan revivirlo. La cinta de Taylor revivió momentos específicos de este género musical y fue ungida por la audiencia.

Tova Katzman

Los nietos del jazz con el mejor de los abuelos (y otras escenas memorables)

Hubo más de 70 películas durante siete días. Eso es más de 6,000 horas de cine continuado, de la mañana a la noche. Eso es: cientos de escenas memorables del mejor cine del mundo.

Apuntamos algunas —pocas, poquísimas— sin demasiado detalle para no spoilear.

Un parto en Roma. La protagonista de la película Roma, del multipremiado director mexicano Alfonso Cuarón, se llama Cleo. Cleo es una mujer de origen mixteco y tiene un trabajo que luce a explotación: una empleada doméstica que sostiene ese universo que es la casa, los niños y sus juegos, las enfermedades y las ñañerías, los uniformes escolares y los trajes de fiesta, los desayunos y el último té de la noche, la vida y la acogida, los perros y los carros, los problemas y las soledades de una familia de clase media en el México de los 70. En uno de los pocos momentos de salida y diversión, Cleo queda embarazada. El parto no tiene un final feliz y se muestra en una escena brutal.

Lo que se ve allí es demoledor. Lo que se escucha, más: el sonido en Roma es importante al punto de trastornar nuestra presencia en el cine. Es el Dolby Atmos y esa sensación de espacialidad inmersiva.

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Al final de la película sobre la que ya se ha dicho casi todo, Yalitza Aparicio —Cleo en el film— y Eugenio Caballero —diseñador de producción de Roma— tuvieron una larga charla con el público. Allí, Yalitza contó que la escena del parto fue filmada una sola vez, que los médicos y las enfermeras eran médicos y enfermeras y no actores que hacían de, y que ella no sabía cómo terminaba: «Alfonso no nos decía qué iba a pasar, sólo nos daba un par de instrucciones y ya. Así que yo me enteré lo que sucedía mientras hacía la escena. No pude parar de llorar». Eso es lo que se ve.

Munición gruesa en Capernaum. Capernaum es una película libanesa dirigida por Nadine Labaki donde todas las escenas son para el infarto emocional: bebés encadenados, niñas vendidas en matrimonio por unas gallinas, niños hambreados y golpeados y revolcados en la mugre.

Es un cuento caótico y angustioso de un niño llamado Zain, atrapado en el drama que le ha tocado vivir y perdido en un lugar donde se acumulan las desgracias: los barrios pobres de una ciudad sin nombre de Oriente Medio. Ensamble de ficción con documental, Labaki recurrió actores no profesionales y consigue dar un tremendo toque de realismo a la historia. En el top tres de las mejores películas del festival: nunca logras apartar la mirada de los actores infantiles, que llevan el peso del drama.

Los nietos del jazz. Seis adolescentes se conocen en la Fundación Danilo Pérez, son vecinos del Casco Antiguo y amigos de parkeo. En 2016, deciden crear su grupo musical: Los nietos del jazz. Un poco después, se ponen a trabajar en su primer disco. Allí apareció el cineasta panameño Lucho Araújo para registrarlo en un documental que es una delicia.

Hay muchas y muy buenas secuencias: un cúmulo de esfuerzos, emociones y ansiedades de jóvenes que por primera vez se lanzan a un trabajo pesado como es armar, crear, componer y grabar canciones. Entre ellas, una para coleccionar.

En plenas sesiones en el estudio de grabación, con ese aura de héroes bañados en talento y generosidad, aparecen la cantante Idania Dowman —«la voz femenina del jazz panameño»— y el excepcional saxofonista Carlos Garnett. Garnett es un músico de otro planeta que creció en la Zona del Canal, vivió en Nueva York y tocó con otros grandes como él, como Miles Davis. En ese encuentro con los adolescentes, además de su dotes en esos lares se ve una entrega infrecuente entre los tops del patio: los escucha con atención, les hace preguntas, pasa horas marcándole el ritmo y redirigiendo las melodías hacia un lugar mejor.

—Hay que trabajar duro —les dice a los pelados en esa escena. —Y hay tres cosas que no pueden entrometerse en tu camino: las mujeres, las drogas y el ego. No te pueden dominar.

Después, les hace cambiar todo el tema.

Locomotora Tejera: el talento discreto del IFF

Tova Katzman

No sabemos cómo lo logra, sólo pensarlo agota: Ana Elena Tejera estuvo en el IFF dictando el taller Piedra, película y tijera, donde enseñó a restaurar películas con no más recursos que manos y maña; participó y ganó el Primera Mirada con su primer largometraje Panquiaco y armó la instalación Aquí viene el soldado frente al Teatro Balboa, con Senafront y todo, con el aplaudible Festival de la Memoria, que realiza en distintos espacios urbanos junto con FundAHrte y la Comisión Panamá 500 años.

Ana Elena no para. En medio de todo eso, dio charlas en el MAC sobre la instalación Burba (alma), que montó en la exposición colectiva sobre las culturas originarias de Panamá Dulemar, escribe su próxima película Olvidar y cranea cientos de proyectos que seguramente concretará.

En un medio donde hay más autobombo que archivos que acrediten la experiencia, Ana Elena teje a tiempo completo y en silencio proyectos y tramas. Entre tanto ruido, hace. Hace mucho y lo hace bien. Nosotros admiramos y aplaudimos.

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Lo feo

Panamá Radio: estreno para pocos

A pesar de la intensa promoción que se le hizo a Panamá Radio, el documental estrenó en un teatro prácticamente Balboa vacío. Nada parecido a la jornada inaugural del Festival, tan atestado de público, artistas, y medios de comunicación que querían ver a Ricardo Darín y su filme El amor menos pensado.

Panama Radio, el filme de Edgar Soberón Torchia se proyectó para un público conformado, en su mayoría, por los miembros del equipo de producción, los entrevistados del documental y sus familiares, y uno que otro nostálgico del Panamá de ayer. Ni la mitad de la monumental sala.

Eso sí, el trabajo de Soberón Torchia fue el más importante de los varios documentales panameños sobre música. A nivel técnico, Panamá Radio fue el de mejor calidad; sin embargo, otros mucho menos logrados, como Azuquita, cuya única proyección estuvo a su máxima capacidad, gozaron de mejor asistencia.

La vulgaridad de la exclusividad

El IFF es un esfuerzo gigante que no paró de crecer gracias a la testarudez y el compromiso de equipo que lo hace. Aquí celebramos que exista. Pero mientras en otros festivales las jornadas también están orientadas a los estudiantes de cine como una oportunidad de charlar con los mejores directores del resto del mundo, aquí sin pago de pase de industria o sin la venia de los organizadores o sin anotarte de «voluntario», es imposible siquiera que te topes con los tops.

Para los periodistas acreditados también hubo poco acceso.

Cuando el valor de cualquier evento reside en que la fiesta es amplia y diversa y, entre vinilos tropicales y licores varios, cualquiera pueda terminar hablando con los directores invitados con toda naturalidad y sin cortapisas, aquí se restó.

Los directores, cineastas y actores llegaban a las proyecciones franqueados por un arsenal de voluntarios que complicaban el encuentro cumpliendo las órdenes de organización. Y aunque al final de cada proyección había un espacio para preguntas del público, y algunos fueron memorables, el espíritu general fue de restricción, no pasar, esa vulgar pretensión de exclusividad.

El IFF siempre fue un festival cálido, muy cálido y muy alegre. En la versión de este año, el termómetro marcó menos grados.

Tova Katzman

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Sol Lauría, Daniel Molina, José María Torrijos
Sol Lauría, Daniel Molina, José María Torrijos
Miembros de Concolón, los periodistas Sol Lauría, Daniel Molina y José María Torrijos se zambulleron en la octava edición del Festival Internacional de Cine para contar lo bueno, lo malo, lo lindo y lo feo. Estuvieron en las películas, los after, los pasillos y los entretelones del evento más importante de cine en Panamá, y luego escribieron esta crónica a seis manos. Se encargó de ilustrarla Tova Katzman, una artista que trabaja con fotografía y video, autora del proyecto «Si caigo en el Canal, nada, nado», que produjo con una beca Fulbright cuando regresó a Panamá en 2017 (www.tovakatzman.com).