Yo nunca hablé de La Invasión
20 Dic 2018
Hasta aquí llegó el olvido
20 Dic 2018
Fotografía: Servicio Público del U.S. Army
Aquellos que no la vivieron, perciben La Invasión de 1989 como un collage de testimonios que retrata las dos caras de una misma moneda: por un lado, la brutalidad de una guerra injusta; y por el otro, el consentimiento de quienes consideran que se beneficiaron luego de la operación militar

Para quienes no habíamos llegado a este mundo en el año 1989, La Invasión se trata más sobre memorias prestadas que de hechos concretos.

Nadie te devela un informe detallado, ni existe una edad en la que se te revela lo sucedido, ni mucho menos existe una debida formación académica sobre el tema en el colegio.

En cambio, el conocimiento te llega en forma de pequeñas gotas, una historia por aquí, otro comentario por allá, poco a poco estas gotas comienzan a elaborar en tu cabeza un panorama de lo vivido. Este escenario podría ser muy realista o tratarse tan sólo de una mera fantasía: todo depende de quién te presta dichos recuerdos.

Elizabeth Loftus, psicóloga y matemática norteamericana, llevó a cabo un estudio sobre la maleabilidad de la memoria, o como se conoce popularmente, el falso recuerdo. Según Loftus, es posible inducir y crear recuerdos en la memoria de una persona, sin que esta necesariamente lo haya experimentado. Es así como quienes no vivimos La Invasión podemos llegar a tener imágenes tan vívidas en nuestras mentes.

Las primeras historias que escuché del día cero fueron, por supuesto, contadas por mi familia. A esa corta edad mi mayor preocupación era la navidad. “¿A quién se le ocurrió ordenar dicha destrucción para la época más feliz del año?”, pensaba, y hasta llegué a preguntar si los niños habían podido recibir sus regalos ese 25 de diciembre. Sonaba a una genuina pesadilla, y no era la única que lo pensaba, un día una compañera de kínder me dijo horrorizada: “dice mi hermana que un año Santa no vino a Panamá, porque estábamos en guerra”.

Con el pasar de los años las historias se fueron tornando cada vez más surreales, dignas de una ficción, comenzando por la interrupción de la transmisión televisiva por un anuncio del gobierno norteamericano, algunos hasta afirman que apareció un escudo estadounidense, avisando sobre la invasión y pidiendo la rendición panameña. La memoria robada de los soldados norteamericanos aterrizando sobre nuestra conocida lama no se queda atrás, y en adición, los panameños ayudándolos a escapar de esta. No obstante, existe otra versión: que los soldados atrapados en la lama fueron asesinados en el momento.

Las fotografías de tanques de guerra en medio de la ciudad se perciben tan distantes, como si hubiera sucedido en cualquier parte del mundo, excepto en Panamá, se siente casi imposible que las calles que transitamos cada día hayan sido invadidas con semejantes armamentos de guerra. Podrán narrarme mil veces estas historias tan surreales, y me sorprenderé mil veces nuevamente.

Numerosas veces nos juntábamos en el colegio a relatar La Invasión. Ninguna la había vivido, pero habíamos escuchado suficientes historias para replicarlas y compartir experiencias que ni siquiera nos pertenecían, todo con una extraña fascinación. Había un consenso sobre lo ocurrido: se escucharon bombardeos, y la mayoría de nuestros familiares sintieron la necesidad de armarse los días posteriores.

Y no importa lo mucho que me esfuerce, me es imposible crear una imagen mental de familiares portando armas. Una memoria que nunca me podré robar.

Mas no todos escucharon los aterrorizantes bombardeos. Tal fue el caso de mi tío, que lo primero que hizo la mañana de La Invasión fue llamar a mi tía y preguntarle: “¿Tú sabías que los gringos invadieron?”, pues tener el sueño pesado pudo más que las detonaciones.

Durante un programa de radio en el que comentábamos La Invasión, nos llegó un mensaje de una señora aseverando que esa fue la mejor noche de su vida. “Concebí a mi hijo con un soldado gringo”, escribió. Recuerdo haber pensado que solo era una broma, hasta que la señora envió una fotografía de su hijo con ojos verdes. “No volví a ver al soldado pero mi hijo es hermoso”, remató.

En contraste, un amigo cercano pasó parte de su madrugada escondido bajo una cama mientras el fuego ardía atrás de su casa, aparte de ver morir personas en medio de su calle, hecho que asimiló muchos años más tarde, cuando su madurez se lo permitió.

Otros relatos solo provocan vergüenza, miembros de la clase alta panameña saqueando sus almacenes favoritos, aprovechándose de la inseguridad e incertidumbre que se vivía. Según dicen, muchas cámaras de vigilancia registraron la decadencia; sin embargo, nunca se hizo nada con ellas.

Y así es La Invasión en la memoria de quienes no la vivimos, como recortes de periódico que te intentan contar una gran historia. No hay duda de la herida que dejó. Y para sanarla primero debemos conocerla, a fondo, con recuerdos prestados pero también con datos confirmados, sin limbos numéricos ni mentiras de por medio. Solo con una certeza que todavía no existe.

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Irma Planells
Irma Planells
Estudió Publicidad y Mercadeo en la Universidad Latina. Actualmente cursa la licenciatura de periodismo en la misma universidad. Creó en 2017 el blog político ‘La Puerta del Horno’. Es comentarista en el programa de TVN ‘La Previa’ y periodista de política en el diario La Prensa. Aún no había nacido cuando ocurrió La Invasión, pero recuerda que en la escuela compartía con sus compañeras los testimonios que sus familiares les habían contado.