Hasta aquí llegó el olvido

Memorias prestadas
20 Dic 2018
De memorias, significados y velos
20 Dic 2018
Fotografía: Servicio Público del U.S. Army
Apuntes sobre las consecuencias de la desmemoria y la construcción de la memoria histórica de La Invasión

Conozco panameños que cuando escuchan el sonido de un helicóptero, aún 29 años después de La Invasión norteamericana, se encorvan levemente esperando los bombazos.

Conozco otros, jóvenes entonces, que no. Que la recuerdan de manera más experimental: como ese año se suspendieron las clases, no tuvieron que dar exámenes para pasar de año.

Otros, como Chello Gálvez, vieron cambiar su suerte de repente. Pobre entre los pobres, Gálvez se convirtió en un semidiós en el Chorrillo, el barrio más castigado por los bombardeos. Los invasores lo eligieron como interlocutor para repartir las donaciones a los damnificados. Gálvez construyó su carrera política a través del clientelismo electoral. Llegó a ser presidente de la Asamblea Nacional, aún es diputado y busca reelegirse.

Otros protagonistas de aquellos días, sin ningún tipo de inocencia, se embarcaron en una campaña ideológica buscando validar su relato histórico.

Recuerdo a Guillermo Billy Ford, ex vice presidente postinvasión, una mañana en Debate Abierto, en vivo y ante las cámaras, molesto por mis cuestionamientos, me dijo: «Nosotros no pedimos La Invasión pero no me importa lo que tú creas. Estamos mejor ahora con democracia que antes con dictadura».

Octavio Vallarino, en CNN, avanzó un poco más: “No fue una invasión, fue una liberación”.

En el otro bando, “norieguistas” y “torrijistas”, hablaban de soberanía para encender el discurso nacionalista sin mencionar el rol de Noriega como agente de la CIA, ni tampoco discutir la represión, la corrupción rampante y la asociación con estructuras del narcotráfico en la que terminó la dictadura.

Y en medio de esta disputa quedaron encerrados casi el 60% de los panameños que sólo conocen los hechos por historia familiar y las notas que repiten los medios en cada aniversario. No habían nacido cuando sucedieron los hechos, pero Panamá tampoco incorporó lo sucedido en los planes educativos.

Sobre La Invasión no se estudia, no se investiga, no se analiza.
Si uno sale a la calle, se detiene en una esquina y pregunta a cualquier persona que pasa, qué piensan cuándo piensan en La Invasión, las respuestas recorren tres o cuatro tópicos que se repiten sin cesar: Noriega en la Nunciatura, el Chorrillo arrasado, los saqueos generalizados y los yeyes regalando pavo a los invasores.

Quien recorra las librerías más populares no podrá encontrar ni un solo libro que hable sobre La Invasión. Repito: ni un solo libro. No es que no se hayan publicado; es que no se volvieron a imprimir. Tampoco podrá tropezarse con monumentos a los caídos, la mayoría de los cuales fueron civiles. Ni el nombre de una calle, una plaza en el Chorrillo, nada. La ausencia de La Invasión en el espacio público es absoluta.

No es casual.

El Estado Nacional eligió el olvido para enterrar la memoria. Porque las urgencias eran muchas, porque los gobernantes formaban parte de uno de los bandos, porque siempre es más rentable hacer negocios que hacer historia.

El Estado, en la construcción de la memoria, omitió La Invasión. Celebró el final de la dictadura y corrió el prisma de los hechos hacia el imaginario de un futuro perfecto en el que la democracia y la reversión del Canal solucionarían todos los problemas del país

Las cosas sucedieron de otra manera. Lo que se venía a erradicar se ha profundizado: la crisis educativa, la desigualdad económica, el narcotráfico, la corrupción, el desprestigio internacional. Panamá quedó prisionero de una ilusión que día a día se desvanece un poco más.
Quizá llegó la hora de intentar entender no ya que pasó o por qué pasó, sino cómo afecta ese agujero negro de humo y sangre, ese tiempo quieto de fotos de tanques en la ciudad, de fosas comunes y destrucción masiva, en los mismos lugares que caminamos cada día.

Si bien es cierto que las élites políticas firmaron un invisible pacto del olvido y eligieron denunciar los abusos de la dictadura —evitando así discutir los roles que jugaron durante La Invasión—, también lo es que la mayor parte de la sociedad aceptó esa vuelta de página. Y lo hizo sin protestar. No tocar demasiado aquellos meses… a ver si nos salía la bruja… Saltarse la estación del sufrimiento. Se confió en el olvido como solución final y también fatal. Panamá no pudo mirarse al espejo y enfrentar ese dolor.

El país que conocíamos acababa de morir para dar vida a otro Panamá. Muchos no quisieron verlo.

La Invasión terminó de quebrar los lazos comunes que aún unían a la sociedad canalera. “Panamá dejó de ser una sociedad para convertirse tan solo en un lugar donde vive gente”, sentencia a menudo el catedrático Miguel Antonio Bernal.

Si los mártires del ‘64 le dieron forma al sueño de una nación libre, los muertos del ‘89 nunca terminaron de morir. Se convirtieron en zombies, testigos espectrales de la degradación social. Huérfanos del duelo, cuya tarea es expresar el dolor y procesarlo. Para poder soltar ese enojo y esa tristeza. Para liberarse y reconstruir.

Más que un recuerdo del dolor de la muerte, las conmemoraciones siembran un gesto de solidaridad comunitaria. Aquí no la hubo. Algo de cizaña comenzó a crecer en el centro de la alegría tropical que tanto se exhibe. Esas sonrisas no fueron gratis.

Por esto, en el caso de Panamá y La Invasión, sin la posibilidad de la expresión emocional colectiva, quedó la sensación del duelo congelado. Discutiendo todavía el número de víctimas, como si aún estuviesen sus cuerpos en la calle. De alguna forma, aún lo están.

Pero los muertos no pueden hablar. Y sus familiares siguen luchando por romper el cerco mediático e institucional que apenas logran visibilizar cada 20 de diciembre con algún acto en El Chorrillo. Un discurso, unas flores en el cementerio y vuelta a la casa. A vivir puertas adentro ese dolor petrificado, la ausencia permanente de hijos, amigos, padres, día tras día, noche tras noche, a la sombra de un país con la inercia de barrer las penas bajo la alfombra.

A pesar de múltiples pedidos, los políticos jamás declararon día de duelo nacional el 20 de diciembre.

Rubén Blades suele decir que ese dolor nunca habló. Y fue un silencio que nos ha acompañado estos veintinueve años.

¿Que pasó en todo este tiempo? Una apuesta por la desmemoria. La fiesta de la amnesia.

La respuesta a la decadencia institucional y a las promesas fallidas terminó siendo un individualismo feroz. No podía ser de otra forma. “Deja esa vaina. Preocúpate por ti, por tu familia”. “El que sabe, en este país, la paga”. “Pasa agachado, coge los mangos bajito”.

Un sálvese quien pueda y como pueda. “Luego de La Invasión el país quedó destrozado y la reconstrucción pasó por recomponer el consenso transitista”, analiza con agudeza el politólogo Harry Brown. Así, globalizados, vendidos, se fue moldeando una nueva identidad panameña que agudiza su carácter transnacional. Que busca afuera la culpa de los males propios —“la economía la arruinaron los venezolanos”, “la inseguridad es por los colombianos” — y también sus soluciones — “que vuelvan los gringos”, “que nos salve China” —.

Cada día asistimos al triste espectáculo de un país que se muerde los talones y no puede crear ni crecer. Que no sabe cómo hacerlo. Con habitantes que, fuera de sí, maceran su temperamento en tranques infernales, para finalmente desatar su cólera contra quien sea: la corrupción, los homosexuales, los venezolanos, las bandas de trash metal.
Luego de veintinueve años, quizá ya sea el tiempo de despertar. Aquí, en esta preciosa y delgada franja de tierra, aplaudida por los mares y el comercio internacional.

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Guido Bilbao
Guido Bilbao
Fue periodista de La Prensa, La Estrella y el País de España. Sus crónicas fueron compiladas en Argentina, España y Alemania. Fue director de los documentales ‘Es Hora de Enamorase’ y ‘La Fábula’. Ganó cinco premios Nacionales del Forum de Periodistas. Cuando estalló la invasión vivía en Argentina, tenía 14 años y solo le preocupaba que Mano de Piedra Durán, de quién era fanático, sobreviviera. Tiene dos hijas panameñas.  Actualmente es becario del Pulitzer Center y dirige documentales para la cadena Al Jazeera.